Llevo todo el fin de semana intentando curarme del espanto. El viernes me contaron un chisme que me dejó petrificada.
Por lo visto, M., casada con A. y con un hijo de mi edad y una hija 5 años menor, lleva 20 años teniendo un lío con C., casado con M. C., con un niño de 14 y una niña de 12. Se ven a escondidas a la hora del almuerzo, se hacen regalos por cumpleaños, santos y navidades, y mantienen esa doble cara desde hace dos décadas.
He de admitir que me escandaliza y sorprende a partes iguales.
Me da cierto remordimiento que me ofenda más por M. que por C. (aunque lo cierto es que de C. no me extraña, porque es de los que le tiran los tejos a toda la que pase), tal vez porque M. me recuerda bastante a mi madre. Me pregunto si A. lo sabe o lo sospecha (supongo que M.C. sí que lo sabe, porque C. es transparente y se le ve a la legua).
Pienso en M. y me cuestiono cómo será mantener una mentira tan gorda durante 20 años, si se duchará al llegar a casa o ya está tan acostumbrada que no le preocupa que A. perciba el olor de otro en su piel, y cómo se sentirá al besar a dos hombres cada día, al compartir doblemente su intimidad. Me pregunto cómo serán sus navidades y sus vacaciones, viviendo una mentira y recordando a quien no está.
Pienso en A., también, y me pregunto si es un inocente o ha aprendido a guardar las apariencias con los años, cómo se sentirá al verla llegar y si tendrá valor para preguntarle qué tal le ha ido el día.
A veces también pienso en C., y recuerdo sus piropos que nunca me gustaron. Y me siento sucia.