MAGDALENA: De suerte a don Melchor quiero
…………………………..después que a esta casa vino,
………………………….que, si me agradó primero,
………………………….mi amor es ya desatino:
………………………….pues sin él, morir espero.
………………………….Mas, ¿con qué seguridad
………………………….rendiré mi voluntad
………………………….a quien, con tan fácil fe,
………………………….la primer mujer que ve
………………………….triunfa de su voluntad?
………………………….Hombre que a darme la mano
………………………….viene aquí desde León
………………………….y es tan mudable y liviano
………………………….que a la primera ocasión,
………………………….liberal y cortesano,
………………………….a un manto rinde despojos
………………………….y a una mano el alma ofrece,
………………………….¿no quieres que me dé enojos
………………………….quien así se desvanece?
………………………….Y sin penetrar sus ojos
………………………….lo que, por no ver, ignora,
………………………….se suspende y enamora,
………………………….exagera, sutiliza,
………………………….y palabras autoriza,
………………………….pues con escudos las dora.
………………………….¿Qué satisfacción dará
………………………….a quien por dueño le espera?
………………………….¿O quién me asegurará
………………………….de voluntad tan ligera,
………………………….que, desposado, no hará
………………………….lo mismo con cuantas mire,
………………………….y yo con él, mal casada,
………………………….quejas al alma retire,
………………………….llore mi hacienda gastada,
………………………….y sus mudanzas suspire?(Tirso de Molina, La celosa de sí misma)
Desde mi infancia hasta hoy, por experiencias propias y ajenas, aprendí a no confiar en los hombres. Como Rigoletto, repito siempre que È sempre misera, chi a lui s’affida, / chi le confida, mal cauta il core!. La fidelidad es un mito urbano, y el “y fueron felices y comieron perdices”, una utopía. Y pensando lo contrario sólo logras ser vulnerable, y arriesgarte a que te partan el corazón y la autoestima.
Cuando te conocí, hace ya tantos años, supe que tenías ese algo que a mí me resulta irresistible. Y también que eres de esa clase de hombres que podría romperme el corazón.
No soy una persona celosa, o eso creo. Y, sin embargo, a veces siento un secreto instinto, un oculto sentimiento, una desazón extraña. Casi nunca la dejo salir, la tapo con la manta de la despreocupación y nadie se da cuenta. A veces ni siquiera yo.
Hace tiempo, cuando salías por ahí y tardabas más de la cuenta en llamarme, pensaba inevitablemente que ya había pasado. Estabas con otra. Y el nudo no se me quitaba del estómago hasta escuchar, por fin, tu voz. Ha pasado mucho, mucho tiempo hasta que, por fin, esta idea ha dejado de visitar mi cabeza.
Y aún así, no puedo evitar sentir una punzada de rebeldía cuando me hablas de otras mujeres. Me da igual que sean compañeras de trabajo, amigas, simples conocidas. Una parte de mí, la irracional, quisiera que no volviese a pasar por tu vida ninguna mujer. Con la otra parte, la racional, me digo que no pasa nada, que puedo confiar, tranquila. Pero el hombre es voluble. Como pluma al viento.
Mi yo más maduro sonríe y piensa que para qué preocuparse por nada. Ni tú, ni nadie, ni nada podéis garantizarme que seguirás a mi lado mañana, dentro de un mes, de un año, de toda una vida. Y el miedo a perderte es el síntoma inevitable de que sé que lo que tengo tal vez no es perfecto, pero es auténtico.


Entradas RSS