Celos (III)

Cuando Irene encontró a El Guapo, Del amor y otros demonios

MAGDALENA: De suerte a don Melchor quiero
…………………………..después que a esta casa vino,
………………………….que, si me agradó primero,
………………………….mi amor es ya desatino:
………………………….pues sin él, morir espero.
………………………….Mas, ¿con qué seguridad
………………………….rendiré mi voluntad
………………………….a quien, con tan fácil fe,
………………………….la primer mujer que ve
………………………….triunfa de su voluntad?
………………………….Hombre que a darme la mano
………………………….viene aquí desde León
………………………….y es tan mudable y liviano
………………………….que a la primera ocasión,
………………………….liberal y cortesano,
………………………….a un manto rinde despojos
………………………….y a una mano el alma ofrece,
………………………….¿no quieres que me dé enojos
………………………….quien así se desvanece?
………………………….Y sin penetrar sus ojos
………………………….lo que, por no ver, ignora,
………………………….se suspende y enamora,
………………………….exagera, sutiliza,
………………………….y palabras autoriza,
………………………….pues con escudos las dora.
………………………….¿Qué satisfacción dará
………………………….a quien por dueño le espera?
………………………….¿O quién me asegurará
………………………….de voluntad tan ligera,
………………………….que, desposado, no hará
………………………….lo mismo con cuantas mire,
………………………….y yo con él, mal casada,
………………………….quejas al alma retire,
………………………….llore mi hacienda gastada,
………………………….y sus mudanzas suspire?

(Tirso de Molina, La celosa de sí misma)

Desde mi infancia hasta hoy, por experiencias propias y ajenas, aprendí a no confiar en los hombres. Como Rigoletto, repito siempre que È sempre misera, chi a lui s’affida, / chi le confida, mal cauta il core!. La fidelidad es un mito urbano, y el “y fueron felices y comieron perdices”, una utopía. Y pensando lo contrario sólo logras ser vulnerable, y arriesgarte a que te partan el corazón y la autoestima.

Cuando te conocí, hace ya tantos años, supe que tenías ese algo que a mí me resulta irresistible. Y también que eres de esa clase de hombres que podría romperme el corazón.

No soy una persona celosa, o eso creo. Y, sin embargo, a veces siento un secreto instinto, un oculto sentimiento, una desazón extraña. Casi nunca la dejo salir, la tapo con la manta de la despreocupación y nadie se da cuenta. A veces ni siquiera yo.

Hace tiempo, cuando salías por ahí y tardabas más de la cuenta en llamarme, pensaba inevitablemente que ya había pasado. Estabas con otra.  Y el nudo no se me quitaba del estómago hasta escuchar, por fin, tu voz. Ha pasado mucho, mucho tiempo hasta que, por fin, esta idea ha dejado de visitar mi cabeza.

Y aún así, no puedo evitar sentir una punzada de rebeldía cuando me hablas de otras mujeres. Me da igual que sean compañeras de trabajo, amigas, simples conocidas. Una parte de mí, la irracional, quisiera que no volviese a pasar por tu vida ninguna mujer. Con la otra parte, la racional, me digo que no pasa nada, que puedo confiar, tranquila. Pero el hombre es voluble. Como pluma al viento.

Mi yo más maduro sonríe y piensa que para qué preocuparse por nada. Ni tú, ni nadie, ni nada podéis garantizarme que seguirás a mi lado mañana, dentro de un mes, de un año, de toda una vida. Y el miedo a perderte es el síntoma inevitable de que sé que lo que tengo tal vez no es perfecto, pero es auténtico.

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Celos (II)

Cuando Irene encontró a El Guapo, Del amor y otros demonios

FLORETA ……¿Aura ya no es aire?
…………..POCRIS ………………………………………..Sí,
………………  ……   ………pero sepa tu ignorancia
……………….  …….   …….que si el aire diere celos,
………………..  ……..   …..celos aun del aire matan.

(Calderón de la Barca, Celos aun del aire matan)

Aún no eras mi Guapo, ni yo tu Irene. Ni siquiera me habías dicho que me querías, pero yo lo adivinaba, lo leía en tus besos y en la mirada tierna que ocultabas entre tus largas pestañas.

Pero estaba ella. Ni siquiera recuerdo su nombre. Como es aire, llamémosla Aura.

Recordaba vagamente una breve historia meses atrás, pero a Aura se la llevó el viento. Sin embargo, el viento siempre cambia de dirección, y ella quería regresar. Y a ti nunca te había molestado un poco de brisa.

Me dijiste que te diera unos días. Querías hablar con ella, dejarle claro lo que ya no podía esperar de ti.

Mientras estabas con ella, yo esperaba, paciente, teléfono en mano. Y pasó la tarde, y la noche, y la mañana. Yo paseaba por las calles para no enloquecer. Habíamos hablado a diario desde que me besaste por primera vez. Y aunque sabía que me habías pedido unos días, y que ella era aire… no podía evitar querer llamarte a pedirte unas explicaciones que aún no merecía.

Aún no eras mi Guapo, ni yo tu Irene. Ni siquiera me habías dicho que me querías. Y ella… ella era aire. Pero celos aun del aire matan.

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Celos (I)

Cuando Irene encontró a El Guapo, Del amor y otros demonios

TEODORO: [...] mas confieso que no entiendo
……………….. cómo puede ser que amor
……………….. venga a nacer de los celos,
……………….. pues que siempre fue su padre.
DIANA: …….Porque esta dama, sospecho
……………….. que se agradaba de ver
……………….. este galán, sin deseo,
……………….. y, viéndole ya empleado
……………….. en otro amor, con los celos
……………….. vino a amar y a desear.
……………….. ¿Puede ser?
TEODORO:…..……………..Yo lo concedo;
……………….. mas ya esos celos, señora,
……………….. de algún principio nacieron,
……………….. y ése fue amor; que la causa
……………….. no nace de los efetos,
……………….. sino los efetos della.
DIANA:……..No sé, Teodoro; esto siento
……………….. desta dama, pues me dijo
……………….. que nunca al tal caballero
……………….. tuvo más que inclinación,
……………….. y, en viéndole amar, salieron
……………….. al camino de su honor
……………….. mil salteadores deseos
……………….. que le han desnudado el alma
……………….. del honesto pensamiento
……………….. con que pensaba vivir.

(Lope de Vega, El perro del hortelano)

Mi primer amor por ti fueron los celos. Como Diana, nunca sentí por ti “más que inclinación”. Eras mi amigo (guapo, sí, guapísimo, pero mi amigo) y te quería, pero no te amaba. Y, de pronto, llegó ella. La otra. Y tú te enamoraste.

Me contabas tus confidencias, aún sin confesar nada, y yo os imaginaba a los dos, paseando juntos, charlando juntos, riendo juntos. Y no me gustaba. No era ninguna certeza, sólo una leve sensación. Un no sé qué en el estómago.

Una noche me dijiste que le habías hablado de tus sentimientos, y que ella te había dicho que no. Una parte de mí sintió pena por tu tristeza. Otra se indignó por la estupidez de aquella chica al rechazarte. Otra, lo confieso, se alegró un poco.

Y entonces lo dijiste: “Una historia con ella podría funcionar”. Y reventé de rabia. De ira. De celos. Tú, Don Juan, te habías enamorado. Tú, Don Juan, querías sentar la cabeza. Tú, Don Juan, hablabas de durabilidad. ¿Por qué no fui yo quien causó ese efecto?

La odié. La imaginé como a mí misma, pero una pizca más fea, más tonta, más antipática. La imaginé completamente indigna de tu amor. La imaginé llena de la mediocridad que la había hecho capaz de rechazar tu grandeza. ¿Por qué la amabas a ella?

Me asusté al sorprenderme pensando en esas cosas. Por primera vez, por un segundo, pensé si tal vez sentía por ti algo más que inocente amistad.

No sé si los celos fueron el principio de mi amor, o tal vez su consecuencia. Sólo sé que, aún hoy, consciente de que me amas y ella apenas es un vago recuerdo en tu mente, siento una leve perturbación cuando pienso en ella. Y la imagino como a mí misma, pero una pizca más fea, más tonta, más antipática. Completamente indigna de tu amor. Llena de la mediocridad que la hizo capaz de rechazar tu grandeza.

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You’re the one that I want

Del amor y otros demonios, Reflexiones de una cinéfila

Esta noche he visto una de esas películas que todos hemos visto mil veces, y aún así, si la ponen en la tele, vuelves a verla porque -aunque nos dé vergüenza confesarlo- en el fondo nos encanta y nos trae recuerdos de nuestra niñez. Se trata de Grease. La ropa, los peinados… todo parece diferente casi veinte años más tarde de haberla visto por primera vez.

Pero, al ver la película hoy, se me plantean algunas ideas nuevas.

Está claro de Danny y Sandy se quieren, aunque parezcan sacados de dos mundos diferentes. Pero lo que importa es el amor, ¿no? O eso nos dicen, precisamente, las películas. Por eso Danny, el chulito, decide hacerse un pijodeportista modelo, pensando que eso es lo que quiere Sandy. Pero claro, él no es así, y no le sale bien. Así que enseguida lo fastidia todo.

La solución que dicta el sentido común es bien sencilla: él tiene que dejarse de tantas tonterías de machito y ella tiene que dejar de ser una niña pija remilgada. Ambos tienen que ceder un poquito. Pero no, claro, no podía ser así.

Y ahí viene la escena final: una Olivia Newton-Jones reapareciendo vestida “de moderna”, como decía yo en mi infancia al ver la escena. Apagando un pitillo con sus sandalias de plataforma, un gesto que imité hasta la saciedad con mis primeros cigarrillos a los dieciséis años. Enfundada en unos leggins negros y con una permanente.

¿Era necesaria tanta exageración? Vale, el efecto que se busca en la escena es el cambio de “niña buena” a “tía buena”, pero… No sé, otras chicas de la pandilla aparecen vestidas de forma moderna (para la época), pero más o menos normal. ¿Es que no hay puntos medios? De la niña ridícula que lleva camisa con los botones abrochados hasta el cuello, cola de caballo y collar de perlas a la artificial diva de ropa apretada y espectacular escote. Cantan, entonces, “you’re the one that I want”, y aunque a la película le queda aún una canción, ese es el final.

Y yo, como siempre, me quedo pensando. ¿Es eso posible, recomendable, en la vida real? Si tienes claro que has encontrado a esa persona, esa que hace que ya nada sea lo mismo, que nada parezca tan importante, esa que te cambia los esquemas… Si conoces a alguien y -da igual si en unas milésimas de segundo o a lo largo de los años- te das cuenta de que es lo que quieres en tu vida… ¿Entonces sí está justificado dejarlo todo, TODO, por él? ¿Cambiar tu vida? ¿Tu forma de comportarte? ¿Tu aspecto?

La experiencia y el sentido común nos dicen que nadie se merece tanto, que debemos ser nosotros mismos, que el amor no es garantía de nada y luego te puedes arrepentir… Pero, ¿dejar escapar al que sabes que es el amor de tu vida? ¿al que lo ha cambiado todo? ¿Al que te hace olvidarte de todo?

Todo se resume, tal vez, en una de mis eternas preguntas: ¿a cuánto debemos estar dispuestos a renunciar por amor?

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Príncipes azules

Del amor y otros demonios

Si los cuentos siempre acaban cuando el príncipe y la princesa se dan el beso de amor, se casan y se liquida todo con un “y fueron felices y comieron perdices”, será por algo.

Los príncipes azules traen un defecto de fábrica. Vienen con la espada de serie, el traje elegantísimo de terciopelo, el valor necesario para asesinar al dragón y buen aliento para besar a la princesa. Y todo ello sin despeinarse siquiera. Pero una vez dan el primer beso de amor, creen que ya está todo hecho. No se dan cuenta de que un día luchando con el dragón, por muy duro y sacrificado que haya sido, es sólo eso, un día.

Pero nada. Ellos esperan la gratitud y fidelidad eternas de la princesa, porque un día mataron a un dragón. Al principio simplemente no hacen nada, “que están muy cansados”. Luego empiezan a ser bruscos, se les empieza a ensuciar el traje de terciopelo, se les oxida la espada. Sus modales dejan mucho que desear.

Un día los príncipes se transforman en los villanos del cuento. Déspotas, ególatras y malvados. No se sabe cómo.

Será que yo no tengo madera de sufrida y eternamente paciente princesa de cuento. Pero yo no quiero esos príncipes azules tan engolados que matan dragones un día y luego se tumban a echar barriguita, y a pasarse la vida contando la batallita del día que mataron al dragón. Prefiero un hombre cualquiera que me demuestre su amor con pequeños detalles, casi imperceptibles, todos los días.

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