Tenía pendiente este post hace un par de semanas. El Guapo me hizo un regalo de navidad estupendo: dos entradas para el teatro. Fuimos a ver Mademoiselle Julia, que no es sino La señorita Julia de Strindberg. Claro, en francés.

Yo iba preocupada, porque, aunque conocía de sobra el texto, no sabía si iba a encontrar dificultades con el idioma. Y para nada fue así.

Me encantó la puesta en escena. Naturalista como sólo los franceses saben. ¿Había que cocinar? Pues el teatro olía a carne guisada. ¿Había que comer? Pues se comió. ¿Había que beber vino? Pues una botella de vino se bebieron. Algo tan sencillo como un espejo junto a la cocina, y cada vez que pasaban por delante los actores se miraban y se retocaban el cabello. Llegabas a creer que todo estaba pasando de verdad.

Los actores, además, tenían una fuerza increíble sobre las tablas. Dominaban el texto, pero sobre todo dominaban el personaje. La postura corporal, la indumentaria, el tono de la voz, todo acompañaba a la evolución personal de cada uno. Era imposible no entrar en la claustrofobia psicológica a la que se veían sometidos. Hasta tal punto vivieron su actuación que, al salir a saludar, la actriz que interpretaba a Julia (fantástica) tenía aún los ojos llorosos en inyectados en sangre, y se percibía agitada su respiración.

El Guapo y yo salimos encantados. La disfrutamos de verdad. Desde luego, un gran acierto el que tuvo al regalarme las entradas.