El título del post se lo debo a mi amiga la Felina Sibilina,
que siempre me suelta ese chascarrillo…

Place du Capitole, Toulouse. Foto por Irene Jansen.
Mi vida en Toulouse está llena de detalles encantadores, y uno de ellos es el de sus gentes. Nunca he hablado de la gente que me rodea por aquí, ¿por qué no hacerlo hoy?
En primer lugar, vivo en Toulouse con dos gatas y un hombre. El hombre, con sus costumbres y manías extrañas, que no es que sea el único que las tiene, pero son diferentes de las mías, y además las mías no son manías, sino preferencias que me hacen única (¡ja!). Claro, eso le hace merecerse motes como “el señor medio panecillo”, “el friki cuántico” y otros muchos que no diré en público por esto de la intimidad. Todo sea dicho, el hombre que vive conmigo (anteriormente conocido como el Guapo) también me pone motes, como “la bebedora de leche de Friburgo” (porque no puedo estar ni un solo día sin beber leche). Y también, como dije, vivo con dos gatas. La Hepburn, toda una dama, pero una dama de carácter. Busca al Guapo para recostarse sobre él, pero sólo se deja acariciar cuando ella quiere. La Garbo (desgarbada) se ha vuelto una deportista: cuando el Guapo regresa de correr y se dispone a hacer sus flexiones, ella se estira y hace también sus ejercicios, pasando una y otra vez por debajo de su pecho, tantas veces como flexiones. Y en las tandas de abdominales, se sienta sobre su estómago y se pone a ronronear, para darle ritmo al ejercicio.
Vivo con un hombre y con dos gatas en un estudio de una residencia. Y ahí surgen unos cuantos personajes más. Está La Rubia, recepcionista, dueña y señora. Se pasa el día colgada del teléfono o de cháchara con los empleados. Se lo pasa pipa. Es todo amabilidad. La Rubia tiene dos gatos de pelo largo: Fifi, una gata mimada y presumida, que siempre me sigue por los pasillos cuando vuelvo al apartamento, y Garfi, todo un tiarrón, que se pasa el día cazando insectos y pajarillos en el jardín de casa. La Rubia, además de dos gatos, tiene un marido, aunque no sabemos muy bien quién es. El Guapo creyó entender un día que era Bruno, el manitas (rubillo, melenudo, flacucho pero lleno de tatuajes, siempre sonriente y servicial, pero que no tiene pinta de ser marido de nadie). Yo, sin embargo, un día vi a La Rubia paseando con un señor con bigote, muy cariñosa, y no tuvo ningún reparo en saludarme. Así que o Bruno tiene unos cuernos como astas de alce, o el marido de La Rubia es el señor con bigote. Luego tenemos al resto de los empleados: La Morena, La Hermana de Bruno, El primo de Bruno, El tío de Bruno (y los llamamos así no porque sean realmente parientes, que no lo sabemos, pero nosotros tenemos la teoría de que aquí todo queda en familia).
También hay algunos habitantes de la residencia que pueblan nuestra pintoresca vida. El alemán, que todas las noches se encierra en la sala de teléfono y empieza a vociferar en germano. Vive en el bajo, primera puerta a la derecha, y siempre lo vemos delante de la tele, a través de su ventana, cuando salimos al jardín a fumar después de cenar. Y el “Suasant Catr”, un tipo un poco rarito que el otro día vino a pedir un bolígrafo, aclaró mil veces que vivía en el apartamento 64, y aunque pensamos que lo decía para que recogiésemos luego el boli, regresó cinco minutos más tarde a devolvérnoslo.
Vivimos (el hombre, las dos gatas y yo) en un barrio obrero. Un poco alejado del centro, pero a mí me encanta. Conozco a todo el mundo. A la panadera, que siempre está sonriente y que un par de veces me ha regalado un croissant. Al estanquero, que me vendió la tarjeta del móvil y siempre me pregunta qué tal me encuentro en Toulouse y cómo vivo yo en España. A la del videoclub, altísima y flaquísima, con sus tacones altos, parece que en lugar de andar se tambalea. A la veterinaria, que se llama como mi gata, y siempre tiene la consulta llena de animalillos, porque es buena profesional y amable con los clientes.
Mi vida en Toulouse, como decía, está llena de personajes pintorescos. Todos estos, y algunos más de los que no hablaré, al menos de momento. Perderse en Toulouse (o, mejor, to lose in Toulouse) es, sin duda, una divertidísima aventura.
Besos gabachos a todos.