El guerrero

Fotogramas sueltos, La eternidad de un instante

Sus rizos rubios ondeaban al viento. En su pecho, el abrigo de una ilustre coraza. Caminaba valiente, con la espada en la mano, desafiando al enemigo.

“Ten cuidado con este gran guerrero”, dijo El Guapo. Y el niño sonrió, orgulloso, siguiendo a trompicones el paso de sus padres.

Sin Comentarios »

El carrito

Fotogramas sueltos

La estación de autobuses estaba abarrotada de gente. Tuve la suerte de encontrar en la sala de espera un par de asientos libres. Me agobia, en esa situación, tener que sentarme apretada entre otros dos viajeros. Una vez cómoda, me dediqué a matar el tiempo repasando las notas que había tomado durante el congreso.

-Disculpe, señorita, ¿le importaría echarle un ojo a mi carrito? Necesito ir al servicio y no puedo llevarlo conmigo…

Asentí incluso antes de levantar la cabeza. Conozco los baños de aquella estación, es imposible pasar con una maleta. Cuando levanté la mirada, descubrí a un anciano andrajoso de barba descuidada. El carrito al que se refería era un carro portamaletas, de esos que se encuentran en estaciones y aeropuertos, cargado cosas viejas. Sonreí al anciano, al tiempo que respondía:

-Tranquilo, yo se lo vigilo.

Lo vi alejarse dando zancadas. Casi inmediatamente, un hombre de unos 45 años, sentado frente a mí, se inclinó hacia adelante en un gesto cómplice:

-¿Pero quién va a querer robar ese carro lleno de mierda?

Observé con detenimiento el carrito. Un par de mochilas atestadas de quién sabe qué, un abrigo raído y sucio, un paraguas al que faltaban un par de varillas, un impermeable amarillo con varios agujeros, muchísimos cartones y periódicos amarillentos y una manta de color indefinido cubriéndolo todo. Despedía un olor realmente nauseabundo, he de admitirlo.

Sin embargo, el viejo mendigo había puesto todo su empeño en asegurarse de que yo iba a cuidarlo. Me di cuenta inmediatamente de que ese carro “lleno de mierda” era todo lo que ese hombre tiene en la vida, y por ello era tan importante para él que yo se lo cuidara.

No pude evitar sentir asco. Durante los minutos siguientes, no aparté la vista del carrito. No quería mirar al insensible cuarentón que se me había sentado enfrente.

9 Comentarios »

El violinista anónimo

Fotogramas sueltos

El violinista interpreta una melodía melancólica. No puedo verlo, pero el sonido me guía, como un perfume, por los pasillos del metro. Salgo a su encuentro, persiguiendo el aroma de su música, con prisa, casi con ansiedad.

El violinista es viejo, está sucio y mal vestido. No veo sus ojos -su cabeza está gacha-, sólo veo sus manos, llenas de los surcos del tiempo. Lo contemplo con emoción, y busco en mi bolso unas monedas.

La melodía de su violín me ha alegrado el día. No sólo me ha dado unos minutos de música, no. Me ha llevado lejos, muy lejos.

No importa dónde esté yo. No importa dónde esté él. Cada vez que escucho la melodía de un músico callejero me siento tan cerca… como si pudiese tomarle de la mano.

2 Comentarios »

To lose in Toulouse

Autorretratos, Cuando Irene encontró a El Guapo, Fotogramas sueltos, Otras apariciones estelares

El título del post se lo debo a mi amiga la Felina Sibilina,
que siempre me suelta ese chascarrillo…


Place du Capitole, Toulouse. Foto por Irene Jansen.

Mi vida en Toulouse está llena de detalles encantadores, y uno de ellos es el de sus gentes. Nunca he hablado de la gente que me rodea por aquí, ¿por qué no hacerlo hoy?

En primer lugar, vivo en Toulouse con dos gatas y un hombre. El hombre, con sus costumbres y manías extrañas, que no es que sea el único que las tiene, pero son diferentes de las mías, y además las mías no son manías, sino preferencias que me hacen única (¡ja!). Claro, eso le hace merecerse motes como “el señor medio panecillo”, “el friki cuántico” y otros muchos que no diré en público por esto de la intimidad. Todo sea dicho, el hombre que vive conmigo (anteriormente conocido como el Guapo) también me pone motes, como “la bebedora de leche de Friburgo” (porque no puedo estar ni un solo día sin beber leche). Y también, como dije, vivo con dos gatas. La Hepburn, toda una dama, pero una dama de carácter. Busca al Guapo para recostarse sobre él, pero sólo se deja acariciar cuando ella quiere. La Garbo (desgarbada) se ha vuelto una deportista: cuando el Guapo regresa de correr y se dispone a hacer sus flexiones, ella se estira y hace también sus ejercicios, pasando una y otra vez por debajo de su pecho, tantas veces como flexiones. Y en las tandas de abdominales, se sienta sobre su estómago y se pone a ronronear, para darle ritmo al ejercicio.

Vivo con un hombre y con dos gatas en un estudio de una residencia. Y ahí surgen unos cuantos personajes más. Está La Rubia, recepcionista, dueña y señora. Se pasa el día colgada del teléfono o de cháchara con los empleados. Se lo pasa pipa. Es todo amabilidad. La Rubia tiene dos gatos de pelo largo: Fifi, una gata mimada y presumida, que siempre me sigue por los pasillos cuando vuelvo al apartamento, y Garfi, todo un tiarrón, que se pasa el día cazando insectos y pajarillos en el jardín de casa. La Rubia, además de dos gatos, tiene un marido, aunque no sabemos muy bien quién es. El Guapo creyó entender un día que era Bruno, el manitas (rubillo, melenudo, flacucho pero lleno de tatuajes, siempre sonriente y servicial, pero que no tiene pinta de ser marido de nadie). Yo, sin embargo, un día vi a La Rubia paseando con un señor con bigote, muy cariñosa, y no tuvo ningún reparo en saludarme. Así que o Bruno tiene unos cuernos como astas de alce, o el marido de La Rubia es el señor con bigote. Luego tenemos al resto de los empleados: La Morena, La Hermana de Bruno, El primo de Bruno, El tío de Bruno (y los llamamos así no porque sean realmente parientes, que no lo sabemos, pero nosotros tenemos la teoría de que aquí todo queda en familia).

También hay algunos habitantes de la residencia que pueblan nuestra pintoresca vida. El alemán, que todas las noches se encierra en la sala de teléfono y empieza a vociferar en germano. Vive en el bajo, primera puerta a la derecha, y siempre lo vemos delante de la tele, a través de su ventana, cuando salimos al jardín a fumar después de cenar. Y el “Suasant Catr”, un tipo un poco rarito que el otro día vino a pedir un bolígrafo, aclaró mil veces que vivía en el apartamento 64, y aunque pensamos que lo decía para que recogiésemos luego el boli, regresó cinco minutos más tarde a devolvérnoslo.

Vivimos (el hombre, las dos gatas y yo) en un barrio obrero. Un poco alejado del centro, pero a mí me encanta. Conozco a todo el mundo. A la panadera, que siempre está sonriente y que un par de veces me ha regalado un croissant. Al estanquero, que me vendió la tarjeta del móvil y siempre me pregunta qué tal me encuentro en Toulouse y cómo vivo yo en España. A la del videoclub, altísima y flaquísima, con sus tacones altos, parece que en lugar de andar se tambalea. A la veterinaria, que se llama como mi gata, y siempre tiene la consulta llena de animalillos, porque es buena profesional y amable con los clientes.

Mi vida en Toulouse, como decía, está llena de personajes pintorescos. Todos estos, y algunos más de los que no hablaré, al menos de momento. Perderse en Toulouse (o, mejor, to lose in Toulouse) es, sin duda, una divertidísima aventura.

Besos gabachos a todos.

6 Comentarios »

Bautismo

Cuando Irene encontró a El Guapo, Fotogramas sueltos, La eternidad de un instante

Tras varios días en Cádiar, lo vi claro. Fue extraña la sensación de sentirme parte de un lugar que no me pertenece. Nunca viví una niñez, una adolescencia alpujarreña.

Pero mi coche… El primer viaje, los primeros kilómetros los ha hecho contigo y en tu tierra.

Fue un acto casi solemne. Tus amigos supieron darle la importancia simbólica que tenía. Un bautismo, parecía. El aplauso, espontáneo, al descubrir la pegatina fue su presentación en sociedad.

Mi coche sí es alpujarreño. Mi Toyota Cádiar.

3 Comentarios »
Entradas RSS Comentarios RSS Iniciar sesión