-Estoy algo mareado.
-Oh, no… Bueno, tranquilo, tú quédate quietecito y relájate [...].
Preparo café, te traigo tus pastillas y hago unas tortitas.
Tengo el mejor sirope de chocolate del mundo.
-Erika… Eres una mujer digna de amar.

Nunca he sido una chica de comedias románticas. Y eso que dicen que es un género para chicas. Si hoy he decidido ver Cuando menos te lo esperas es por la curiosidad que me suscitaba la pareja Diane Keaton-Jack Nicholson. Y la verdad, como no sabía nada de la película esperaba una comedia llena de gags (tipo Los padres de ella), y no una romántica. Pero me ha gustado.

Quizás el mayor punto a favor de esta película es que esté dedicada a una pareja ya entrada en años (aunque la Keaton está más guapa que nunca). Ya lo he dicho en otras ocasiones, el amor que más me emociona es el amor de los viejos, y no sé las vueltas que dará mi vida hasta entonces, pero espero que cuando mi mano esté arrugada haya otra mano apretándola y dándole calor. La mayoría de las películas románticas se centran en una pareja joven, que comienza la vida. Otras hablan de parejas ya maduras, pero aún jóvenes (me viene a la mente Íntimo y personal). Pero son pocas las historias de parejas ya en el otoño de sus vidas (un momento muy bueno es cuando él pregunta: “¿Algún anticonceptivo?” y ella responde “Menopausia”).

Lo curioso de toda esta historia es que, siendo una historia tan lejana a mí, que tengo 27 años, ha habido muchos momentos en que el personaje de Nicholson me ha recordado a El Guapo. Extraño, ¿no?

Harry (Nicholson), a sus 63 años, es un solterón nato, que sale con muchas mujeres jóvenes y nunca por mucho tiempo. Busca en ellas diversión y libertad, sin compromisos. De hecho cuando Erika (Keaton) lo conoce le causa una pésima impresión, y no sólo por el hecho de que él esté saliendo con su hija. Cuando yo conocí a El Guapo, tuve claro desde el primer momento que él era un “rompecorazones”. Conocía ese tipo de hombre, y normalmente los evitaba no por prudencia, sino por simple desinterés. Normalmente esa “libertad” siempre me pareció un signo de inmadurez y de incapacidad para comprometerse no con otra persona, sino incluso con uno mismo, con los sentimientos propios. Tal era el prejuicio que yo tenía sobre los “rompecorazones”. Así pues, lo lógico es que le hubiese soltado una sonrisita educada y que nunca hubiese mantenido con él siquiera una conversación. Pero para qué negarlo, no fue así ni mucho menos. Porque había algo. Yo no podía explicarlo, pero había algo de él que me atraía. Y no me refiero a atracción física, esa se puede sentir por cualquiera. Era ese tipo de atracción que te lleva a querer saber más de la otra persona, porque intuyes que hay más de lo que parece.

Harry era un rompecorazones, sí. Pero con el tiempo, van surgiendo pequeños momentos en que demuestra que tal vez eso sea sólo una máscara (para los demás y para sí mismo), momentos en que demuestra una sorprendente humanidad. Como se dice en la película: “entrañable cuando menos te lo esperas”. No tardé en descubrir esos momentos con El Guapo. Momentos en que charlábamos de todo, y me contaba sus cosas, sus pensamientos. Sobre todo al teléfono, sin la tensión de vernos cara a cara, sin mirarnos a los ojos. El teléfono hacía de escudo, y él se abría con más facilidad. Seguía siendo un tipo duro, pero con algo que rascar bajo la coraza.

Lo de las pautas de sueño me dejó impresionada.

-No suelo dormir acompañada.
-Yo tampoco.
-¿En serio? A pesar de tu vida social, ¿eh?
-Querida… estás confundiendo el sexo con dormir. Yo siempre he preferido dormir solo.

Cuando éramos amigos, El Guapo me contó que si alguna vez se casaba, era partidario de camas separadas, que le gustaba dormir solo. Yo le respondí que eso era algo que a mí no me importaría en absoluto. Llevaba años durmiendo sola en una cama de matrimonio. Como padecía de insomnio, las pocas noches que me tocaba compartirla era un suplicio. Acababa levantándome a hurtadillas, bastante enfadada, por cierto, y leyendo, o viendo una película, o chateando hasta el amanecer, cuando por fin, agotada, me volvía a colar en el dormitorio para despertar un par de horas más tarde. La posibilidad de no tener que compartir cama habría sido, sin duda, un alivio.Y hablando de pautas de sueño, Erika explica: “Nunca he sido capaz de dormir más de cuatro horas seguidas. Ojalá pudiera”. Sin embargo, la única noche que duerme con Harry duermen ocho horas ininterrumpidas. Yo siempre he tenido problemas de sueño, que yo recuerde. En mi infancia, dedicaba las horas en blanco a, a oscuras en la cama, pensar en las historias que de día escribía en mis cuentos. En fin de semana, lo confieso, seguía con los ojos cerrados, fingiéndome dormida, durante largas horas después de despertarme. Así podía pensar en mis cosas sin que nadie me molestase, y sin preocuparme por la vida real. De adolescente obtuve mi propia habitación y fue todo más fácil. A la hora que todos se acostaban, daba las buenas noches y me iba a mi cuarto. Y pasaba leyendo o viendo la tele gran parte de la noche, al menos hasta las 4 de la madrugada. De adulta esto se volvió una pauta, “no necesito dormir mucho”, decía. Y finalmente se agudizó, y entonces admití la realidad: tenía insomnio, y bastante grave. Podía pasar hasta una semana durmiendo una hora diaria, luego dormía un noche completa, y vuelta a comenzar. Era frustrante. Y la medicación -que la probé- nunca me ayudó de noche, aunque me atontaba de día. Hasta que El Guapo me curó el insomnio. Tengo mis noches buenas y mis noches no tan buenas, y cierta tendencia al noctambulismo, pero no he pasado una sola noche sin dormir al menos seis horas. Y por cierto, en la cama me gusta abrazarle durante un rato y luego dormir en mi lado, pero me encanta estirar la mano y notarlo ahí. Ya no me importa dormir acompañada.

Y luego está el estilo de vida. Harry huía de compromisos, así que se despidió de Erika sin dejar nada claro, volviendo a su vida de siempre y a sus situaciones de siempre. Quería ser “como antes”. Quería volver a la libertad de saber cómo era su vida hoy, ignorando cómo sería mañana. Igual que El Guapo. El que vive el momento y huye de promesas.

Pero a veces el compromiso es necesario, porque es parte de la aventura de vivir. Hay que arriesgarse. Como habla Erika con su hija (otra con pánico al compromiso):

-No puedes estar así, mamá…
-No…
-¿Entiendes ahora mi postura con los hombres? ¡Tienes que protegerte!
-¿No crees en serio lo que dices, verdad? No puedes… ¡No creerás realmente que puedes evitar que te hagan daño!
-Merece la pena intentarlo.
-Escúchame. No puedes pasar el resto de tu vida evitando el amor porque creas que no va a funcionar. ¡No puedes aislarte de él, porque no es forma de vivir!
-¿Quieres decir que es bueno lo que te está pasando a ti?
-Sólo digo que deberías pensar en la posibilidad de no perder el tiempo y abrir tu corazón. Yo lo he hecho, y he sentido lo mejor de la vida.
-Aún no ha llegado mi oportunidad.
-Lo sé, cariño… Por eso te digo con todo mi corazón: ¿a qué estás esperando?

Harry también lo descubrió, aunque muchos meses más tarde. Es increíble el tiempo que tiene que pasar a veces (la distancia, a veces, también) para que un hombre terco descubra que el miedo al compromiso es una pequeñez comparado con el pánico a perder a la persona a quien amas.Tras diez meses de “lo mejor de la vida”, a mil cuatrocientos kilómetros de distancia. Te espero, mi Harry.