¿Desestructurada?

Autorretratos, Otras apariciones estelares

(Empecé escribiendo estas palabras con otra intención, y quería decir otras cosas. No sé cómo ha salido esto, pero probablemente sean las palabras más sinceras que he escrito jamás).

Últimamente, al encender la televisión, sólo escucho hablar de lo que llaman familias desestructuradas. Familias que, al parecer, son la explicación evidente de un comportamiento patológico (personas violentas, adictas a diferentes drogas, psicópatas, asociales). Investigo un poco y me doy cuenta de que hoy en día casi cada familia es una familia desestructurada, puesto que éstas son las que carecen de la estructura estándar: papá, mamá y los hermanitos.

picassoCuando yo perdí la familia estructurada, no era tan normal: yo era la única niña en todo mi colegio con esta situación. El otro día, cuando volví allí gracias a una comida de antiguas alumnas, sentí un nudo en el estómago cuando una de las pocas monjas que quedaban de las de mi infancia me llevó a un lado y me dijo: “No sabes cómo me acuerdo de ti, lo que te veíamos sufrir y llorar, lo que rezábamos todas por ti. Espero que seas feliz, eras una niña muy especial”.

De niña yo tenía dos familias. O, más bien, no tenía ninguna.

Recuerdo con felicidad aquella época anterior, en que corría por las calles, jugando, en que buscaba cochinillas en el jardín de mi abuela o hacía carreras de caracoles en el patio de mi otra abuela, la época en que pasaba horas cantando con mi padre “Bartolo tenía una flauta” o grabando en una cinta los Festivales de la Canción que ambos representábamos, o acompañándolo al bar de Ángel, donde me compraba chicles de colores y una Fanta de naranja.

Luego recuerdo vagamente los gritos, los reproches, las malas caras, los portazos. Y después nada. Se acabó mi familia estructurada, y en cierto modo mi infancia.

Después, recuerdo esa sensación que tantos años tardó en abandonarme. La sensación de no pertenecer a ninguna parte. De tener que ocultar una parte de mi yo, pues con esa parte estaba traicionanado a mis seres queridos. Y ahí aprendí a fingir. A fingir ser quien querían que fuese.

Cuando yo era niña, tenía dos familias y tres vidas. Todo construido como un castillo de naipes, y por eso vivía con la ansiedad de que una vida no quitase espacio a la otra. Tal vez mis recuerdos de entonces no son del todo justos, ni objetivos, pero son mis recuerdos.

Mi primera vida era la que vivía con mi madre. Ella me enseñó que tenía que ser responsable. Y lo fui, claro que lo fui. Aprendí a ser responsable de mis propios actos, de todos. Aprendí, también, a ser responsable de los de mi hermano pequeño. Me sentía con la enorme responsabilidad de controlar a un niño que siempre me pareció incontrolable. Si él se portaba bien, mi vida sería más fácil con cualquiera de mis dos familias. Y, en cierto modo, me sentí madre a los 8 años de un niño que, desde aquel momento, sólo supuso para mí un tremendo fastidio. Me sentí, a veces, también, madre (o hermana, tal vez) de mi propia madre. Y no porque ella hiciese cosas que ninguna de las otras madres hacía, sino porque, a veces, yo tenía que aconsejarla a ella. Ahora, de adulta, entiendo que ella sólo quería contar conmigo antes de tomar su decisión, pero durante años me he sentido culpable por haber aconsejado a mi madre, guiándome por lo que pasaba en las películas americanas, que siguiese a su corazón, haciendo así entrar en mi vida a una persona a quien quisiera no haber conocido jamás.

Mi segunda vida era la que vivía con mi padre. Lo que más me gustaba era su biblioteca. Él me dio el amor por los libros, que empecé usando como escondite y acabaron siendo el motor de mi vida. Lo que más temía era su genio. Aprendí que había cosas que lo despertaban: contar cosas de mi otra familia, por ejemplo. O permitir que mi hermano se descontrolase. Aprendí, también, a dudar de todo. Porque, en fines de semana y vacaciones, mi padre intentaba escaldarme de la educación recibida en los días laborables. En cuestiones de relaciones sociales, religión, política, moral, mi padre buscaba inculcarme ser completamente diferente a lo que me enseñaban cada día.

Mi tercera vida la construí yo misma como un refugio; y el mayor problema que me causó era el agotamiento que me provocaba buscar un hueco para una tercera vida en mi ya saturada cotidianidad. No sé cuándo ni cómo lo descubrí, pero sé que muy pequeña fui consciente de lo que debía ser mi vida de ahí en adelante: debía tener dos vidas fingidas y una verdadera. Porque las dos primeras vidas eran contrarias y enemigas, y yo tenía que encontrar mi sitio. Desde muy pequeña aprendí a cuestionármelo todo y a reflexionar para encontrar mi opinión sobre todo. Como mis padres siempre me daban consejos contrarios, aprendí a no fiarme de ninguno de los dos. A veces pedía consejo a todo el mundo: a las monjas, a las profesoras, a mis amigas, a los padres de mis amigas. Pronto aprendí a encontrar las respuestas ocultas entre las líneas de los libros. Y, así, poco a poco, fui construyendo mis propias opiniones.

De lo primero que me di cuenta fue de que normalmente no estaba de acuerdo con mi padre ni con mi madre, con la familia de uno ni con la del otro. Lo segundo fue que necesitaba pasar más tiempo conmigo misma, en mi oculta vida verdadera, que con los otros, en mis dos vidas falsas. Encerrarme a leer fue una excusa. Quedarme a comer en el comedor fue otra. Apuntarme a actividades que me tuvieran el mayor tiempo posible fuera de casa fue la mejor.

Educarme a mí misma ha sido muy gratificante, pero muy duro. Gratificante porque tengo la certeza de tener auténtico poder. He tomado cada pedazo de mi ideología de donde lo he querido tomar, sin condicionamientos. Me siento independiente, y fuerte. Me siento una librepensadora. Una mujer que se ha hecho a sí misma. Pero ha sido también, como digo, muy duro. Porque muchas veces no he elegido bien, y no he tenido quien me aconseje para avisarme de mis errores. Errores enormes, demoledores, catastróficos. Se me ha caído mil veces el mundo abajo y mil veces he tenido que reconstruírlo. He estado, a veces, tan cerca del peligro que siento escalofríos tan sólo de recordarlo. Y esta pegajosa sensación de soledad. De ser yo mi única familia. De no pertenecer a nadie ni a ninguna parte. Y por eso, tal vez, ansiar tanto ese día en que alguien me diga: “ven conmigo, aquí podrás echar raíces”.

No soporto que me comparen con mi madre, ni con mi padre, ni con sus familias. No porque los rechace -tal vez en el pasado, pero eso queda lejos-. Con el tiempo he aprendido a ver pequeñas y grandes cosas positivas en cada uno de ellos. Pero yo me he hecho a mí misma, me he construído a mí misma, y aunque me equivoque mil veces -y día a día me sigo equivocando- sé que yo soy el mayor proyecto de mi vida, en el que he empleado todas mis fuerzas e ilusiones. Y esas dos familias de mentira me dieron dos vidas de mentira, que les agradezco en lo bueno que pudieron aportarme, pero que no me permitieron ser yo ni se permitieron conocerme.

Y aquí estoy yo, con mis mil tropiezos, con mi imperfección crónica, con mi torpeza natural y tanto amor acumulado para repartir que hasta algún mote me he ganado por parte del Guapo. Pero quiero pensar que, más o menos, he hecho un buen trabajo, que soy una buena persona, que aporto algo a los que están cerca de mí y que, poco a poco, encontraré mi sitio. Mi estructura, tal vez.

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Me advirtieron que no me enamorara

Autorretratos, Cuando Irene encontró a El Guapo, Otras apariciones estelares

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Me advirtieron contra ti. Hace mucho. En el principio de los tiempos.

Me dijeron que no estaba preparada. Y tal vez tenían razón. Yo acababa de salir de una relación que me había dejado destruida. Y con el corazón en ruinas, necesitaba reconstruirme, reconocerme, reelaborarme. Necesitaba tiempo para estar sola, y aprender qué era lo que me hacía feliz. No, no estaba preparada para enamorarme como una colegiala. Por eso me sorprendió tanto. Porque llegaste a mi vida, hace tantos años, como un amigo más. Y de pronto, sin saber cómo, me di cuenta de que te amaba sin saberlo siquiera yo misma. Claro que no estaba preparada. Nadie lo está.

Me preguntaron si no sabía estar sola. Porque, en los tiempos que corren, con esta oleada neo-feminista, estar sola y contenta es lo mejor de lo mejor. Pero yo estaba harta de estar sola. Estar sola es insoportable. Y no me refiero a estar sin pareja. Yo pasé muchos años emparejada estando, sin embargo, sola. Y se me brindaba la oportunidad de, por una vez, sentirme amada. Admirada. Deseada. ¿Y tenía que decir que no a eso, durase un mes o un año, sólo porque lo políticamente correcto era estar SOLA?

Me dijeron que me ibas a costar la salud. Que no estaba preparada para vivir todo esto y que al mes me dijeras que ya no me quieres. O que te fueras con otra. Que podías hacerme mucho daño. Que tú no eras hombre de estar atado, y que cuando me abandonaras iba a derrumbarme. Pero yo había sufrido ya lo indecible, y el día que decidí ponerme una tirita y salir a la calle a vivir supe que ya nunca me paralizaría el miedo al dolor. Porque yo puedo hundirme hasta el abismo, pero también he sido capaz de superarlo todo. Todo.

Me dijeron que estaba loca. Me hicieron sentir culpable por enamorarme en un momento inapropiado. Convirtieron todas mis fantasías de enamorada reciente -esas locuras que todas hacemos: comprar ropa bonita, pasar el día hablando de esa persona, hacer planes pensando en lo que le gustaría- en algo patológico.

No les hice caso. Y me arriesgué a quererte.

Se equivocaron. Admito que podrían haber acertado en parte, pero a mí me merecía la pena correr el riesgo. Y mira lo que he ganado. Acabe como acabe esta historia -que las historias nunca acaban hasta que se acaba la película, digo, la vida-, ha merecido la pena. Me has dado el amor más intenso que he podido soñar. Me has hecho feliz como nunca pude imaginar que sería.

Pero hay algo que me apena. Que todo esto abrió una brecha. Espero que no insalvable.

Yo tuve mi parte de culpa: no me apetecía hablarles de ti sabiendo lo que pensaban. Así que empecé a hablar mucho menos. ¿Cómo omitir una parte tan importante de mi vida?

También tenía cierta amargura. Cuando una chica se enamora, lo que más desea es tener “conversaciones de chicas”. Hablar de lo que le está pasando, de lo que está sintiendo, sentir ese cosquilleo del amor reciente por duplicado, al vivirlo y al narrarlo… Y no pude vivir esto. Porque me advertían que no me enamorara. Porque me dejaban claro que estaba viviendo algo malo.

Pasó el tiempo, y una tarde obtuve una torpe disculpa que me llegó al alma. Un par de frases, nada más. Lloré, ya en mi casa, la pena de tener la razón.

Pero esa brecha sigue. No sé hablarles de ti. No me sale. Lo intento, pero para mí la situación es tensa. Y ahora, cuando hablamos -poco- siento que tenemos conversaciones de ascensor. Que no formo parte del grupo, sólo estoy de visita. Una visita incómoda.

Y estoy triste.

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Carta a la mujer perfecta

Otras apariciones estelares

Querida mujer perfecta:

Llevo toda mi vida -aún corta- luchando por superarme, por ser mejor, por sentirme orgullosa de mí misma. Pensaba que la perfección no existe, que la perfección es cometer errores y aprender de ellos, ser consciente de tus limitaciones. Hasta que te conocí a ti. La mujer perfecta. Sí, existes.

Por una parte, conocerte me llenó de regocijo. Dejé de sentirme perdida. Ya sé a quién debo imitar, de quién debo aprender, qué pasos debo seguir. Pero por otra… me pareces inalcanzable. Nunca seré capaz de igualar tu capacidad de entrega, de tener siempre una sonrisa, tu percepción, tu fuerza interior, tu templanza, tu sabiduría. Me pregunto por qué tú pudiste y yo no puedo.

Te quiero, te admiro, te respeto, te envidio, te detesto.

La imperfecta sin remedio.

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To lose in Toulouse

Autorretratos, Cuando Irene encontró a El Guapo, Fotogramas sueltos, Otras apariciones estelares

El título del post se lo debo a mi amiga la Felina Sibilina,
que siempre me suelta ese chascarrillo…


Place du Capitole, Toulouse. Foto por Irene Jansen.

Mi vida en Toulouse está llena de detalles encantadores, y uno de ellos es el de sus gentes. Nunca he hablado de la gente que me rodea por aquí, ¿por qué no hacerlo hoy?

En primer lugar, vivo en Toulouse con dos gatas y un hombre. El hombre, con sus costumbres y manías extrañas, que no es que sea el único que las tiene, pero son diferentes de las mías, y además las mías no son manías, sino preferencias que me hacen única (¡ja!). Claro, eso le hace merecerse motes como “el señor medio panecillo”, “el friki cuántico” y otros muchos que no diré en público por esto de la intimidad. Todo sea dicho, el hombre que vive conmigo (anteriormente conocido como el Guapo) también me pone motes, como “la bebedora de leche de Friburgo” (porque no puedo estar ni un solo día sin beber leche). Y también, como dije, vivo con dos gatas. La Hepburn, toda una dama, pero una dama de carácter. Busca al Guapo para recostarse sobre él, pero sólo se deja acariciar cuando ella quiere. La Garbo (desgarbada) se ha vuelto una deportista: cuando el Guapo regresa de correr y se dispone a hacer sus flexiones, ella se estira y hace también sus ejercicios, pasando una y otra vez por debajo de su pecho, tantas veces como flexiones. Y en las tandas de abdominales, se sienta sobre su estómago y se pone a ronronear, para darle ritmo al ejercicio.

Vivo con un hombre y con dos gatas en un estudio de una residencia. Y ahí surgen unos cuantos personajes más. Está La Rubia, recepcionista, dueña y señora. Se pasa el día colgada del teléfono o de cháchara con los empleados. Se lo pasa pipa. Es todo amabilidad. La Rubia tiene dos gatos de pelo largo: Fifi, una gata mimada y presumida, que siempre me sigue por los pasillos cuando vuelvo al apartamento, y Garfi, todo un tiarrón, que se pasa el día cazando insectos y pajarillos en el jardín de casa. La Rubia, además de dos gatos, tiene un marido, aunque no sabemos muy bien quién es. El Guapo creyó entender un día que era Bruno, el manitas (rubillo, melenudo, flacucho pero lleno de tatuajes, siempre sonriente y servicial, pero que no tiene pinta de ser marido de nadie). Yo, sin embargo, un día vi a La Rubia paseando con un señor con bigote, muy cariñosa, y no tuvo ningún reparo en saludarme. Así que o Bruno tiene unos cuernos como astas de alce, o el marido de La Rubia es el señor con bigote. Luego tenemos al resto de los empleados: La Morena, La Hermana de Bruno, El primo de Bruno, El tío de Bruno (y los llamamos así no porque sean realmente parientes, que no lo sabemos, pero nosotros tenemos la teoría de que aquí todo queda en familia).

También hay algunos habitantes de la residencia que pueblan nuestra pintoresca vida. El alemán, que todas las noches se encierra en la sala de teléfono y empieza a vociferar en germano. Vive en el bajo, primera puerta a la derecha, y siempre lo vemos delante de la tele, a través de su ventana, cuando salimos al jardín a fumar después de cenar. Y el “Suasant Catr”, un tipo un poco rarito que el otro día vino a pedir un bolígrafo, aclaró mil veces que vivía en el apartamento 64, y aunque pensamos que lo decía para que recogiésemos luego el boli, regresó cinco minutos más tarde a devolvérnoslo.

Vivimos (el hombre, las dos gatas y yo) en un barrio obrero. Un poco alejado del centro, pero a mí me encanta. Conozco a todo el mundo. A la panadera, que siempre está sonriente y que un par de veces me ha regalado un croissant. Al estanquero, que me vendió la tarjeta del móvil y siempre me pregunta qué tal me encuentro en Toulouse y cómo vivo yo en España. A la del videoclub, altísima y flaquísima, con sus tacones altos, parece que en lugar de andar se tambalea. A la veterinaria, que se llama como mi gata, y siempre tiene la consulta llena de animalillos, porque es buena profesional y amable con los clientes.

Mi vida en Toulouse, como decía, está llena de personajes pintorescos. Todos estos, y algunos más de los que no hablaré, al menos de momento. Perderse en Toulouse (o, mejor, to lose in Toulouse) es, sin duda, una divertidísima aventura.

Besos gabachos a todos.

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Mi dulce Neurótica

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Cuando te vi hace diez días en Madrid,
llevabas un ojo colgado del cuello.
¿Por qué distraes la atención de los tuyos?

Hace tiempo que quería hablar de ti, pero nunca encontraba la excusa perfecta. Y mira que lo lamento, porque a veces no son necesarias razones para escribir sobre alguien. Aunque cuando hay razones poderosas siempre anda una un poco más inspirada.

Yo no sé cuál es la receta perfecta para una amistad. No mantengo ninguna amistad de las de niña. Son muchas las veces que las amistades se me han roto por evolución natural, simplemente la gente crece y madura y no siempre madura en la misma dirección. Otras veces ha sido la distancia, no siempre ha existido internet y yo nunca he sido muy constante en esto del carteo o las llamadas, siempre ando en las nubes y de pura suerte mantengo mis pequeños grupos cotidianos. Otras amistades murieron a base de golpes, de golpes morales, se entiende. Me sentí utilizada a menudo, sentí que me había entregado demasiado y no me pagaban con la misma moneda. Aunque quiero ser justa, eso es lo que sentí yo, habría que consultar al otro lado.

No, definitivamente desconozco la receta perfecta para una amistad duradera. Ahora tengo pocos pero buenos amigos, y, aunque no me imagino mi vida sin muchos de ellos, nunca se puede apostar sobre seguro, siempre hay sorpresas. Por eso no voy a abusar del tópico de “amigas para siempre”, eso son cosas de jardín de infancia.

De lo que sí puedo hablar es de lo que eres hoy para mí, de lo que significas en mi vida. De cuánto te quiero. Hoy.

Cuando llegaste a mi vida no me di cuenta de lo que se aproximaba. No, no fue un flechazo, fue algo progresivo. Tú pertenecías a un grupo en el que yo no era bienvenida y, cosas de la vida, un día de pronto eso cambió. Rectificar es de sabios, dicen. Recuerdo que me pediste disculpas por una ofensa que yo nunca llegué a ver en ti, y lo que no he visto no me importa. Recuerdo que te abriste desde el principio, eliminando todo prejuicio. Éramos sólo conocidas, pero ya demostrabas lo que eras: dulce, tremendamente dulce.

Una cosa llevó a la otra, y el noctambulismo y la necesidad de descargar las tensiones de nuestra vida diaria nos llevaron a muchas conversaciones en grupo, vía messenger. Conversaciones sobre los temas más diversos, y alguno muy recurrente. Nos reíamos, y eso ya era muy importante.

Tienes una habilidad increíble para la risa. Porque eres capaz de reírte de ti misma, y de hacerlo con simpatía. Siempre sabes hacer el mejor chiste, y más rápido que nadie. Siempre sabes levantar el ánimo con un comentario agudo. Eres la eterna niña, siempre dispuesta a jugar, a reír, a compartir.

Pero no es por la risa por lo que te quiero tanto. Con la risa llenas mi vida de pimienta, me la dulcificas, la haces amena. Pero yo te quiero por tu dulzura y por tu intuición.

Aún no éramos amigas, ni mucho menos. Sólo dos noctámbulas que a veces se reían juntas. Pero ya lo he dicho, eres muy intuitiva. Y no sé cómo, pero profundizaste en mi alma y empezaste a tratarme con mucho más cariño, a estar pendiente de mí, y a darme buenos consejos. Cuando, el pasado invierno, pasé esa gran depresión, tú fuiste la primera en recomendarme que pidiera ayuda. Y yo no te había dicho lo mal que me encontraba. Simplemente lo viste. Ese, en cierto modo, fue el principio de todo lo bueno que vino después.

Lo demás partió de ahí. Estuviste a mi lado cuando creíste que te necesitaba, sin esperar a que yo te lo pidiera. A veces, hasta a la fuerza. Y fuiste un gran apoyo cuando decidí cambiar mi vida. Cuando, llena de sentimientos encontrados, hablé por primera vez de El Guapo, me escuchaste, simplemente. Otros me decían: “Es demasiado pronto, te vas a estrellar, aún no se te han cerrado las heridas, necesitas estar sola”. Pero tú… tú no. No es tu estilo. Tú no juzgas. Tú me escuchaste, simplemente. Y hasta que no te lo conté todo no quisiste hablar. Sí, me dijiste que claro que era pronto… pero sobre todo me dijiste que estaba enamorada, y que con eso no se podía luchar. Me dijiste que es preferible arrepentirse de lo que has hecho que de lo que dejaste pasar. Estuviste a mi lado.

Y las cosas han ido evolucionando, poquito a poquito. Seguimos riendo mucho, muchísimo (¿hay algo mejor que la risa?). Pero también hablamos de nuestras preocupaciones, de nuestros sentimientos, de nuestros valores. Hablamos de cosas importantes, pero siempre riéndonos, como si no lo fueran.

Y te conozco, aunque sea un poquito. Y lo que más me gusta de ti es tu fe en el ser humano, tu capacidad de entrega, tu dulzura, tu empatía, tu sentido del humor. Que eres esa clase de personas que, como tú dices “puedo tropezar con esa piedra no dos, trescientas veces, y me levanto, me sacudo y cuando me la vuelvo a encontrar, vuelvo a tropezar”. Eres inocente como una niña, no tienes malas intenciones y te sorprendes cuando descubres que hay gente que sí las tiene.

Yo no sé cuál es la receta perfecta para una amistad. Pero, mientras nos dure, quiero disfrutar del privilegio de tenerte cerca. De quererte y saber que me quieres. Porque sí, llegaste a mi vida de puntillas pero ahora vas pisando fuerte. Sí, te quiero, Neurótica de ojos dulces.

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