(Empecé escribiendo estas palabras con otra intención, y quería decir otras cosas. No sé cómo ha salido esto, pero probablemente sean las palabras más sinceras que he escrito jamás).
Últimamente, al encender la televisión, sólo escucho hablar de lo que llaman familias desestructuradas. Familias que, al parecer, son la explicación evidente de un comportamiento patológico (personas violentas, adictas a diferentes drogas, psicópatas, asociales). Investigo un poco y me doy cuenta de que hoy en día casi cada familia es una familia desestructurada, puesto que éstas son las que carecen de la estructura estándar: papá, mamá y los hermanitos.
Cuando yo perdí la familia estructurada, no era tan normal: yo era la única niña en todo mi colegio con esta situación. El otro día, cuando volví allí gracias a una comida de antiguas alumnas, sentí un nudo en el estómago cuando una de las pocas monjas que quedaban de las de mi infancia me llevó a un lado y me dijo: “No sabes cómo me acuerdo de ti, lo que te veíamos sufrir y llorar, lo que rezábamos todas por ti. Espero que seas feliz, eras una niña muy especial”.
De niña yo tenía dos familias. O, más bien, no tenía ninguna.
Recuerdo con felicidad aquella época anterior, en que corría por las calles, jugando, en que buscaba cochinillas en el jardín de mi abuela o hacía carreras de caracoles en el patio de mi otra abuela, la época en que pasaba horas cantando con mi padre “Bartolo tenía una flauta” o grabando en una cinta los Festivales de la Canción que ambos representábamos, o acompañándolo al bar de Ángel, donde me compraba chicles de colores y una Fanta de naranja.
Luego recuerdo vagamente los gritos, los reproches, las malas caras, los portazos. Y después nada. Se acabó mi familia estructurada, y en cierto modo mi infancia.
Después, recuerdo esa sensación que tantos años tardó en abandonarme. La sensación de no pertenecer a ninguna parte. De tener que ocultar una parte de mi yo, pues con esa parte estaba traicionanado a mis seres queridos. Y ahí aprendí a fingir. A fingir ser quien querían que fuese.
Cuando yo era niña, tenía dos familias y tres vidas. Todo construido como un castillo de naipes, y por eso vivía con la ansiedad de que una vida no quitase espacio a la otra. Tal vez mis recuerdos de entonces no son del todo justos, ni objetivos, pero son mis recuerdos.
Mi primera vida era la que vivía con mi madre. Ella me enseñó que tenía que ser responsable. Y lo fui, claro que lo fui. Aprendí a ser responsable de mis propios actos, de todos. Aprendí, también, a ser responsable de los de mi hermano pequeño. Me sentía con la enorme responsabilidad de controlar a un niño que siempre me pareció incontrolable. Si él se portaba bien, mi vida sería más fácil con cualquiera de mis dos familias. Y, en cierto modo, me sentí madre a los 8 años de un niño que, desde aquel momento, sólo supuso para mí un tremendo fastidio. Me sentí, a veces, también, madre (o hermana, tal vez) de mi propia madre. Y no porque ella hiciese cosas que ninguna de las otras madres hacía, sino porque, a veces, yo tenía que aconsejarla a ella. Ahora, de adulta, entiendo que ella sólo quería contar conmigo antes de tomar su decisión, pero durante años me he sentido culpable por haber aconsejado a mi madre, guiándome por lo que pasaba en las películas americanas, que siguiese a su corazón, haciendo así entrar en mi vida a una persona a quien quisiera no haber conocido jamás.
Mi segunda vida era la que vivía con mi padre. Lo que más me gustaba era su biblioteca. Él me dio el amor por los libros, que empecé usando como escondite y acabaron siendo el motor de mi vida. Lo que más temía era su genio. Aprendí que había cosas que lo despertaban: contar cosas de mi otra familia, por ejemplo. O permitir que mi hermano se descontrolase. Aprendí, también, a dudar de todo. Porque, en fines de semana y vacaciones, mi padre intentaba escaldarme de la educación recibida en los días laborables. En cuestiones de relaciones sociales, religión, política, moral, mi padre buscaba inculcarme ser completamente diferente a lo que me enseñaban cada día.
Mi tercera vida la construí yo misma como un refugio; y el mayor problema que me causó era el agotamiento que me provocaba buscar un hueco para una tercera vida en mi ya saturada cotidianidad. No sé cuándo ni cómo lo descubrí, pero sé que muy pequeña fui consciente de lo que debía ser mi vida de ahí en adelante: debía tener dos vidas fingidas y una verdadera. Porque las dos primeras vidas eran contrarias y enemigas, y yo tenía que encontrar mi sitio. Desde muy pequeña aprendí a cuestionármelo todo y a reflexionar para encontrar mi opinión sobre todo. Como mis padres siempre me daban consejos contrarios, aprendí a no fiarme de ninguno de los dos. A veces pedía consejo a todo el mundo: a las monjas, a las profesoras, a mis amigas, a los padres de mis amigas. Pronto aprendí a encontrar las respuestas ocultas entre las líneas de los libros. Y, así, poco a poco, fui construyendo mis propias opiniones.
De lo primero que me di cuenta fue de que normalmente no estaba de acuerdo con mi padre ni con mi madre, con la familia de uno ni con la del otro. Lo segundo fue que necesitaba pasar más tiempo conmigo misma, en mi oculta vida verdadera, que con los otros, en mis dos vidas falsas. Encerrarme a leer fue una excusa. Quedarme a comer en el comedor fue otra. Apuntarme a actividades que me tuvieran el mayor tiempo posible fuera de casa fue la mejor.
Educarme a mí misma ha sido muy gratificante, pero muy duro. Gratificante porque tengo la certeza de tener auténtico poder. He tomado cada pedazo de mi ideología de donde lo he querido tomar, sin condicionamientos. Me siento independiente, y fuerte. Me siento una librepensadora. Una mujer que se ha hecho a sí misma. Pero ha sido también, como digo, muy duro. Porque muchas veces no he elegido bien, y no he tenido quien me aconseje para avisarme de mis errores. Errores enormes, demoledores, catastróficos. Se me ha caído mil veces el mundo abajo y mil veces he tenido que reconstruírlo. He estado, a veces, tan cerca del peligro que siento escalofríos tan sólo de recordarlo. Y esta pegajosa sensación de soledad. De ser yo mi única familia. De no pertenecer a nadie ni a ninguna parte. Y por eso, tal vez, ansiar tanto ese día en que alguien me diga: “ven conmigo, aquí podrás echar raíces”.
No soporto que me comparen con mi madre, ni con mi padre, ni con sus familias. No porque los rechace -tal vez en el pasado, pero eso queda lejos-. Con el tiempo he aprendido a ver pequeñas y grandes cosas positivas en cada uno de ellos. Pero yo me he hecho a mí misma, me he construído a mí misma, y aunque me equivoque mil veces -y día a día me sigo equivocando- sé que yo soy el mayor proyecto de mi vida, en el que he empleado todas mis fuerzas e ilusiones. Y esas dos familias de mentira me dieron dos vidas de mentira, que les agradezco en lo bueno que pudieron aportarme, pero que no me permitieron ser yo ni se permitieron conocerme.
Y aquí estoy yo, con mis mil tropiezos, con mi imperfección crónica, con mi torpeza natural y tanto amor acumulado para repartir que hasta algún mote me he ganado por parte del Guapo. Pero quiero pensar que, más o menos, he hecho un buen trabajo, que soy una buena persona, que aporto algo a los que están cerca de mí y que, poco a poco, encontraré mi sitio. Mi estructura, tal vez.



Entradas RSS