
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Llevaba callada más de año y medio. Y es curioso, porque si a mí me estimulan los comentarios en mi blog, eso debería impulsarme a comentar en todos los que leo. Pues no, no es así. En algunos no comento porque están “en periodo de pruebas”. Sólo comento en los que ya siento cercanos a mi círculo, porque leerlos está en mi rutina diaria. Y sin embargo, en este caso era una lectora fiel, aunque silente.
Como os decía, llevaba callada más de año y medio. Leyendo -por mi lector de feeds- el blog del que fuese uno de mis maestros (profesor no define tan bien al que da buenas lecciones). Supongo que lo que más me retenía era la modestia. Es un blog de alto nivel, muy cultural, muy elegante, y poco sentía que yo pintase allí. Por otro, cómo no, el miedo a ser reconocida. Una de las ventajas de esto del blog es el anonimato. En fin, que la cuestión es que yo leía y callaba. Hasta el otro día.
Este maestro me enseñó un día una valiosa lección: que hacía bien en fiarme de mis propias intuiciones antes que de las opiniones ajenas, por mucho renombre que tuviese el investigador de la opinión. Me enseñó a valorar mi propia voz como filóloga. Me enseñó que no sólo quería ser investigadora, sino que podía serlo.
Nunca se lo agradecí. Tras el sobresaliente que me puso, podía sonar a peloteo. Y aparte está el tema de mi tremenda timidez. En los últimos años de carrera, cuando me lo cruzaba le regalaba una sonrisa, y eso era todo. Una vez iniciado el doctorado, tuvimos ocasión de charlar alguna que otra vez… pero de nuevo mi timidez me frenó.
El otro día, en su blog, encontré la ocasión perfecta. Y decidí aprovecharla. Por primera vez, y advirtiendo que volvería a mi silencio acostumbrado, hablé narrando mi experiencia como alumna suya y dándole las gracias por la lección que me enseñó.
Cuando publicó este profesor el siguiente post, añadió al final lo siguiente:
CODA PARA IRENE JANSEN
Créame que el comentario dejado en la entrada anterior, rompiendo por una vez y sin que sirva de precedente, su silencio, me ha emocionado.
Primero porque el elogio o el agradecimiento no son frecuentes hoy. Generalmente el elogio, o lo que pasa por tal, no es más que una sabia administración del propio interés. Y no ha sido éste su caso.
Segundo porque en esta profesión es raro ver los resultados, que no están en los exámenes, no, sino en la vida, y quizá pasado cierto tiempo. Saber que uno ha podido ayudar a alguien a aprender algo resulta siempre reconfortante.
Y tercero, por qué no decirlo, porque me gusta saber que tengo lectores. ¡A veces lo dudo!
Y ya la dejo a usted en la paz de su silencio, oh desconocida, oh no recordada, ay, Irene Jansen.
Me emocionó, cómo negarlo. Me siento satisfecha, porque el anonimato del blog me ha dado la oportunidad de rendirle el debido agradecimiento. Pero también me siento incómoda. En mi comentario anuncié que volvería al silencio. Porque leyendo sin comentar me sentía realmente cómoda. Y de pronto, siento que mi obligación sería seguir comentando, que incluso él espera que lo haga. Que mi espontáneo acto de gratitud, en cierto sentido, ha cambiado las cosas. Que ya mi silencio no es tan cómodo, ni comentar me da tanto miedo. Aunque la inquietud de ser reconocida me sigue atosigando, qué queréis que os diga. No suelo ir contando por ahí que tengo un blog, lo que vuelco aquí es demasiado personal.
No sé si faltar a mi promesa y romper, definitivamente, mi silencio. O si seguir callada y dejar que intuya que le leo, y nada más. ¿Con eso basta?