Primer amor, último amor… y el Gurugú

Cuando Irene encontró a El Guapo, La eternidad de un instante

Aún a riesgo de parecer repetitiva,
espero que este post le aclare algunas cosas a Teatrera,
que tanto lo reclamaba.

La primera vez que me enamoré sucedió lejos, muy lejos de mi casa. En Inglaterra. Aún me sonrojo a veces pensando en aquellos días, en los bailes lentos en la discoteca, en aquella vez que fuimos al cine, en el restaurante francés, en los poemas tumbados en el jardín de nuestra manzana.

Recuerdo también cómo le conté cómo me gustaba, cuando estaba en Sevilla, visitar aquel rincón tan especial para mí: el monte Gurugú, en el parque de María Luisa. Ya en la distancia, le escribí mil cartas, y recibí otras tantas. Y en mi romanticismo inocente, si me pillaba en Sevilla me iba con sus cartas, papel y boli a lo alto del monte Gurugú. Una vez, incluso, vino a visitarme, y estuvimos juntos allí, en el monte Gurugú. Es por eso que en estas páginas siempre lo llamo mi asturiano del monte Gurugú.

Han pasado muchos, muchos años. Pero he de confesar que me dio un vuelco el corazón la primera vez que fui a ver al Guapo a su nueva ciudad. Su amigo, mientras caminábamos, me señaló al horizonte y me dijo: “¿Ves ahí? Es el monte Gurugú”.

Desde el GurugúYo no sabía que existiese un monte Gurugú real que se hubiese copiado en el Parque de María Luisa. Es más, no me lo había planteado. Pero me fascinó la romántica coincidencia. Y, por fin, en este último viaje, hicimos una excursión al Gurugú.

Lo pasé realmente bien, me encantaron las vistas de la ciudad desde lo alto del monte (la foto la tomé desde mi móvil), y los bellos parajes de la región (cabo Tres Forcas). Y aquella bellísima aldea de pescadores, donde me cautivó aquel guapísimo niño de ojos verdes, que jugaba a las canicas con su hermano mientras su madre y su hermana cargaban unas pesadísimas garrafas de agua.

Pero lo que más me gustó de todo el día fue la sensación de vivir una mágica sincronía al estar pisando el Gurugú real pensando en el Gugugú creado; besando a mi amor último recordando a mi amor primero…

Tengo la sensación de que se ha cerrado un círculo.

Soy feliz, para qué voy a negarlo.

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La llamada

Cuando Irene encontró a El Guapo, La eternidad de un instante

Dos personas me hablan a la vez. Intento concentrarme en resolver un problema. Estoy agobiada, y encima suena el teléfono.

-Solo te llamo para decirte: ¡Guapa!

Me quedé sin palabras…

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Sin labios

Cuando Irene encontró a El Guapo, La eternidad de un instante

Paso el día besándote sin labios.besos

Primero, al levantarme por la mañana. Abandono con pereza la cama, encendiendo la lámpara en la mesita de noche. Me estiro despacio. Y entonces me doy la vuelta, esperando encontrarte ahí como tantas veces, de espaldas y desnudo. Y te doy el primer beso, como siempre, en la cadera derecha.

Desayuno y vuelvo a entrar al dormitorio a ponerme los tacones. Y siento de nuevo ganas de besarte. Cierro los ojos e imagino que te despiertas, justo antes de irme, y te robo un beso rápido en los labios.

Voy en el coche y pienso en tu cuello. En las veces que te doy un beso rápido y me llega el aroma de tu perfume.

Una y otra vez, tu imagen viene a mi mente a lo largo del día. Cierro los ojos, sólo un instante. A veces mis labios se mueven, inconscientemente, en un beso nunca completo.

Paso el día besándote sin labios. Y me quema la boca de los besos que nunca te doy.

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El guerrero

Fotogramas sueltos, La eternidad de un instante

Sus rizos rubios ondeaban al viento. En su pecho, el abrigo de una ilustre coraza. Caminaba valiente, con la espada en la mano, desafiando al enemigo.

“Ten cuidado con este gran guerrero”, dijo El Guapo. Y el niño sonrió, orgulloso, siguiendo a trompicones el paso de sus padres.

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El momento y el lugar

Cuando Irene encontró a El Guapo, La eternidad de un instante

Recuerdo el momento y el lugar exacto en que te vi por primera vez. Probablemente pasaste ante mis ojos antes, pero no te vi de verdad hasta entonces.

miradaEra primavera. Y de noche. Caminabas a la derecha, yo a la izquierda. Tú casi un metro detrás de mí. Yo charlaba con mis amigas; tú habías traído a un amigo. A él no lo recuerdo. Recuerdo tu camisa color vino. Jamás te la he vuelto a ver puesta, y creo que nunca has estado tan guapo. Yo llevaba unas botas negras de tacón alto. Escuchaba el sonido de mis pasos y la textura de tu voz detrás de ellos. Luego entramos en la discoteca. Esa noche no llegué a hablar contigo.

almagroRecuerdo el momento y el lugar exacto en que me hice tu amiga.

Era verano. Y amanecía. Tras una larga noche, dimos un largo paseo. Luego nos despedimos, nos duchamos y volvimos a pasear para buscar el desayuno. En el primer paseo me hablaste de aquella chica, de su teléfono móvil y del Cantábrico. En el segundo, simplemente estábamos en silencio, escuchando sólo nuestros pasos. Y, ya casi en la plaza, citaste a Uma Thurman por primera vez. Yo iba vestida de rosa. Tú sonreías.

Recuerdo el momento y el lugar exacto en que me di cuenta de que me sentía atraída por ti.

cerillaEra verano. Y de madrugada. Fue mirando el pomo de una puerta. Las llaves estaban puestas por fuera. Sabía que tú estabas dentro, y que me habías escuchado llegar. Palpé dentro de mi bolso tu tabaco y la caja de cerillas, que habías olvidado al marcharte con tanta prisa. Pensé en llamar a la puerta, devolvértelos y tal vez charlar un rato. Pero recordé el color de tus labios a la luz de aquellas cerillas, sólo un instante, a cada cigarro encendido. Abrí la puerta de al lado, la de mi cuarto, y me fui a la cama. Nunca te devolví aquella caja de cerillas.

Recuerdo el momento y el lugar exacto en que me hiciste sentir celos.

taxi_parisienEra verano. Y de noche. Hablábamos de una chica. No era la primera vez. Me habías hablado de algunas más. Unas sólo de pasada. Otras despacio. Otras con recurrencia. Y luego, ella. Ella me recordaba a mí. Era tu amiga, en París. Pasabas los días con ella. Siempre juntos. Hasta que tú le dijiste: “Todo o nada”. Y ella no supo pedir un taxi. Me dijiste: “Una historia con ella hubiera funcionado”. Y yo sentí envidia y rabia. Envidia porque hay mujeres que se encuentran de bruces con el romanticismo en cualquier rincón del mundo. Y rabia porque lo dejan escapar.

Recuerdo el momento y el lugar exacto en que supe que me había enamorado de ti.

Era otoño. Y por la tarde. Íbamos en autobús, yo llevaba una maleta y tú acariciabas el maletanacimiento de tu pelo, mirándome a los ojos. Me habías mirado así tantas veces desde que nos conocimos… Esa fue la primera que yo aparté la mirada. Te pedí que me dejaras sola, te abracé y te vi marcharte. Pasé la tarde recordando tu mirada y decidiendo que no volvería a llamarte hasta haberla olvidado. Tardé cuatro meses en conseguirlo. Tú me llamaste alguna vez, y eras el de siempre. Yo no marqué tu número hasta haber tomado dos decisiones. Sólo cumpliría una.

Recuerdo el momento y el lugar exacto en que descubrí que te quería. De verdad y a pesar de todo.

Pero esa… es otra historia.

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