¿Escarlata o Irene?

Reflexiones de una cinéfila

Hace mucho, mucho tiempo. Tal vez tres años, más o menos. Quizá algo menos, pero tengo la sensación de haber vivido tanto desde entonces… Hacía mal tiempo, lo recuerdo. Era un día de lluvia. Y yo me desahogaba con una amiga, le contaba mis desgracias cotidianas, mi difícil y dura existencia.

“Eres una mujer muy fuerte, has pasado por muchas cosas y todas las has superado, también superarás esto”. Yo siempre he sabido que soy una mujer fuerte, que me he hecho a mí misma. Pero a veces, con la despreocupación del momento, se dicen sin pensar cosas que son más serias de lo que parecen.

“Sí, soy fuerte, siempre lo he sido. Soy una superviviente. Pero quiero dejar de sentirme Escarlata O’Hara, quiero ser Irene Jansen”.

Estoy segura de que mi amiga, poco cinéfila, no comprendió el símil. Se limitó a asentir, como hacen las amigas, y a darme un par de palmadas de ánimo.

Cuando vi por primera vez Lo que el viento se llevó siendo adulta (que como es una de las películas más archirrepetidas en televisión, me tocó verla a trozos varias veces en mi infancia), me llamó la atención las muchas veces que decían del personaje de Escarlata que era una mujer fuerte. Y probablemente es cierto, dadas las numerosas penalidades a las que sobrevivió. Pero a mí lo que me llama la atención de este personaje es que es una llorica, malcriada e insoportable, y para mí la fortaleza no reside en sobrevivir a las penalidades, sino a sobrevivir con elegancia. Escarlata O’Hara salía adelante a golpe de escote, de lágrimas y de luchar mucho quejándose aún más en el proceso. Sé que Lo que el viento se llevó es un clásico del cine, pero francamente el personaje me cae tan mal que me resulta difícil soportar la película completa.

Cuando vi por primera vez La senda tenebrosa, sin embargo, no esperaba nada en particular. Me decidí a ponerla por mi incansable afición por el cine negro y por mi debilidad por Humphrey Bogart. Había leído, también, algo sobre una toma-secuencia con empleo subjetivo de la cámara, y sobre el mérito de una estrella como Bogart al prestarse a hacer una película experimental en la que durante la mitad del metraje ni siquiera se le enfoca y durante gran parte de la otra mitad tiene la cara cubierta de vendas. Aparte de eso, no esperaba nada particular de aquella película. Y, sin embargo, casi desde el principio, el personaje de Irene Jansen me cautivó.

Ella era elegante. Era fuerte. Era apasionada al defender algo si realmente creía en ello. Y lo suficientemente loca como para recoger a un preso huido en mitad de la carretera sólo porque su instinto le decía que era inocente. Ella era una dama. Femenina, sensible, pero sin necesidad de perder la compostura.

Quiero poner un ejemplo. Dos pequeños vídeos. Ambas, Escarlata e Irene, ven cómo el hombre al que aman se aleja de ellas, probablemente para siempre. Ambas se mueren de dolor. Sin embargo, es bien diferente cómo reacciona Escarlata de cómo se comporta Irene:

Cuando la vida me pone las cosas difíciles, cuando sufro dificultades o contrariedades, siempre me pregunto si estoy siendo Escarlata o Irene. Aún me queda mucho para tener la elegancia de esta última, me temo, pero al menos lo intento. Porque yo quisiera ser Irene Jansen.

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Pudor…

Aún sin categoría

Supongo que siempre he sido una “niña buena”. Y me enseñaron que las niñas buenas no hablan de según qué cosas. Y tal vez por eso me cuesta tanto soltarme a hablar de cuestiones de alcoba. Una cosa es hacer… y otra decir.

Me gustaría, a veces, tener alguien con quien hablar de eso. No sé, comentar pequeñas cosas, hacer preguntas…

También me gustaría ser capaz de hablar de eso con él. Parecerá estúpido, pero en cuanto me pregunta sobre mí, sobre mis pensamientos, mis sensaciones o mis deseos se me traba la lengua, me siento avergonzada, una auténtica niña tonta incapaz de pronunciar palabra.

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A Zenobia de mi alma…

Historias de amor y desamor, Literatura

zenobiaSe conocieron a la salida de una conferencia. Él había quedado fascinado por el sonido de su risa. Se acercó a ella y logró entablar conversación durante casi dos horas. Al terminar, él ya sabía que se había enamorado. Ella tardaría algo más en darse cuenta de que estaban hechos el uno para el otro.

He leído en múltiples lugares su retrato como pareja: él, un neurótico insoportable que aplastó la personalidad de ella, completamente sometida a él. Personalmente opino que estas descripciones son fruto del morbo y la exageración. Él era maniático y huraño, sin duda, pero no carecía por ello de maravillosas virtudes: su sensibilidad, su natural generosidad, su increíble talento e inteligencia. Ella era una mujer culta, inteligente y, por cierto, feminista, que decidió por sí misma esa entrega total a su marido. ¿Sometida? No lo creo. Renunció a muchas cosas, por supuesto. Pero yo, que lo he vivido, conozco lo adictiva que es la sensación de complicidad ante la creación literaria, el candor del genio, el magnético atractivo del talento.

Juan Ramón está feliz después que trabajamos juntos. Esta mañana dijo: “Esto es lo único que vale la pena, este trabajo que hacemos juntos”, y parecía muy contento.

Ella pasaba con infinita paciencia todos los escritos de él a máquina, minuciosamente. Corregía a zenobia-y-jrjmenudo, opinaba siempre, era su primera crítica, su cómplice y su musa. Ella, además, se encargaba de todo lo que no era literario, de modo que Juan Ramón no tenía que preocuparse de nada salvo de escribir. A veces me pregunto cuánto hubiese cambiado su obra, e incluso si hubiera conseguido el Nobel, si ella no hubiese estado a su lado. Nobel, por cierto, que fue anunciado privadamente a Juan Ramón por un telegrama (como medida excepcional) para que Zenobia, en su lecho de muerte, pudiera recibir la noticia: la culminación de toda una vida de dedicación y afecto.

Vivir con Juan Ramón, sin duda, no fue fácil. Existen mil anécdotas sobradamente conocidas. Quisiera evocar, con particular cariño, las palabras de Zenobia describiendo una de aquellas circunstancias, de la primera época de su exilio en Cuba, pues me recuerda un poco a cierta situación que yo misma viví:

Nadie que no esté acostumbrado a tener mucho espacio y que luego se vea reducido a un cuarto podrá entender mi regocijo cada vez que me encuentro sola en él, aun cuando la persona con la que lo comparto sea J.R. No sé cómo lo toleraría si se tratara de otra persona, aunque no es fácil vivir con J.R. Para empezar, J.R. no soporta ningún ruido o movimiento cuando está trabajando; lo que es perfectamente comprensible, y tampoco le gusta oír la radio, salvo en contadas ocasiones.

Por supuesto, no sólo fueron cómplices inseparables, también tuvieron tremendas discusiones. No sólo era difícil el carácter de Juan Ramón. Zenobia, al parecer, tenía unos terribles arranques de genio:

Ayer por la noche, J.R. y yo tuvimos una pelea. Comenzó con una de sus ideas absurdas, que fue la gota que derramó el vaso, así que me dio una de mis “grandes cóleras”, llena de justa indignación, y me dije que me iba a Nueva York a visitar a mi familia indefinidamente. He descubierto que estos arrebatos acumulados lentamente son completamente inútiles en lo que a mis decisiones se refiere, porque le tengo demasiado cariño para llevar a cabo un solo plan, no importa lo decidida que esté. Al final, me doy cuenta antes de la partida de que no voy a disfrutar de nada pensando en J.R. y en el triste estado de ánimo en que lo ponen mis arrebatos de cólera.

Yo pienso que tal vez nadie es capaz de comprender totalmente la realidad de esa relación, pero que fueron compañeros de vidajrj-y-z y se hicieron felices. Entre los papeles guardados en la universidad de Puerto Rico, se encontraron sendas semblanzas que hicieron el uno del otro. La de Juan Ramón es bastante más escueta, pero en ambas se percibe el profundo amor que los unía:

Zenobia: eres graciosa, intensa, encantadora; fina de cuerpo y alma; amas lo humano y percibes lo divino; sientes la naturaleza, la música, la pintura, la poesía, la filosofía, la historia, todas las artes y todas las ciencias. Eres buena compañera de hogar, de viaje y de trabajo. Siempre estás dispuesta a trabajar o a gozar. No eres interesada. Eres cumplidora, digna y generosa. No pides nada a nadie. Das todo. Te acomodas a todas las circunstancias y las resuelves alegremente. Ríes siempre, a veces por no llorar.

Juan Ramón, cuando está cerca, es todo ojos. Lo demás es un contorno armonioso que los acompaña, excepto la sonrisa, que casi puede igualarse con los ojos.
El mejor momento de Juan Ramón y el más largo de su vida es cuando está trabajando en su obra, completamente olvidado de sí mismo. Nunca es más feliz que cuando está escribiendo, corrigiendo, perfeccionando… Después de un gran día de trabajo, cuando se permite algún recreo, dice con satisfacción que ha podido gozar plenamente en el ocio porque ha cumplido bien con su trabajo antes.
Su carácter es del todo diferente en sus temporadas fecundas de lo que es en las áridas. No tiene términos medios, o está muy bien o está muy mal.
La única dolencia real física que le conozco la lleva con una extrema paciencia aún cuando en las etapas exacerbadas le produzca desaliento.
Sus defectos principales son el no aceptar casi nunca la responsabilidad de su culpa, por muy insignificante que sea, y la suspicacia para dolerse de cosas insignificantes. Además es muy egoísta, pero a medida que pasan los años, en este defecto que tanto lo dominó en su juventud, ha hecho un gran progreso: se esfuerza por recapacitar cuando se le advierte y procura y logra grandes mejoras. En esto verdaderamente ha ahondado mucho, sobre todo en las temporadas en que su vida es serena y tiene tiempo de pensar. En temporadas nerviosas no hace el menor esfuerzo por dominarse y llega a una crueldad increíble en el egoísmo cuando se trata de la manía especial en boga en el momento.
Al lado de esto es también de una generosidad emocionante en que todo lo quiere dar y en que le da una gran alegría el proporcionarle una satisfacción o gusto a cualquiera, aun cuando se trate de un desconocido…

Cuando ella murió, él no volvió a escribir un solo verso. Pasaba los días leyendo las cartas que ambos se escribieron en su noviazgo y en su largo matrimonio. Apenas la sobrevivió año y medio. A su muerte, encontraron entre sus pertenencias una libreta (anécdota ni tan recordada ni tan celebrada como la de Machado):

A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo y no pudo hacerla feliz.

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Celos (III)

Cuando Irene encontró a El Guapo, Del amor y otros demonios

MAGDALENA: De suerte a don Melchor quiero
…………………………..después que a esta casa vino,
………………………….que, si me agradó primero,
………………………….mi amor es ya desatino:
………………………….pues sin él, morir espero.
………………………….Mas, ¿con qué seguridad
………………………….rendiré mi voluntad
………………………….a quien, con tan fácil fe,
………………………….la primer mujer que ve
………………………….triunfa de su voluntad?
………………………….Hombre que a darme la mano
………………………….viene aquí desde León
………………………….y es tan mudable y liviano
………………………….que a la primera ocasión,
………………………….liberal y cortesano,
………………………….a un manto rinde despojos
………………………….y a una mano el alma ofrece,
………………………….¿no quieres que me dé enojos
………………………….quien así se desvanece?
………………………….Y sin penetrar sus ojos
………………………….lo que, por no ver, ignora,
………………………….se suspende y enamora,
………………………….exagera, sutiliza,
………………………….y palabras autoriza,
………………………….pues con escudos las dora.
………………………….¿Qué satisfacción dará
………………………….a quien por dueño le espera?
………………………….¿O quién me asegurará
………………………….de voluntad tan ligera,
………………………….que, desposado, no hará
………………………….lo mismo con cuantas mire,
………………………….y yo con él, mal casada,
………………………….quejas al alma retire,
………………………….llore mi hacienda gastada,
………………………….y sus mudanzas suspire?

(Tirso de Molina, La celosa de sí misma)

Desde mi infancia hasta hoy, por experiencias propias y ajenas, aprendí a no confiar en los hombres. Como Rigoletto, repito siempre que È sempre misera, chi a lui s’affida, / chi le confida, mal cauta il core!. La fidelidad es un mito urbano, y el “y fueron felices y comieron perdices”, una utopía. Y pensando lo contrario sólo logras ser vulnerable, y arriesgarte a que te partan el corazón y la autoestima.

Cuando te conocí, hace ya tantos años, supe que tenías ese algo que a mí me resulta irresistible. Y también que eres de esa clase de hombres que podría romperme el corazón.

No soy una persona celosa, o eso creo. Y, sin embargo, a veces siento un secreto instinto, un oculto sentimiento, una desazón extraña. Casi nunca la dejo salir, la tapo con la manta de la despreocupación y nadie se da cuenta. A veces ni siquiera yo.

Hace tiempo, cuando salías por ahí y tardabas más de la cuenta en llamarme, pensaba inevitablemente que ya había pasado. Estabas con otra.  Y el nudo no se me quitaba del estómago hasta escuchar, por fin, tu voz. Ha pasado mucho, mucho tiempo hasta que, por fin, esta idea ha dejado de visitar mi cabeza.

Y aún así, no puedo evitar sentir una punzada de rebeldía cuando me hablas de otras mujeres. Me da igual que sean compañeras de trabajo, amigas, simples conocidas. Una parte de mí, la irracional, quisiera que no volviese a pasar por tu vida ninguna mujer. Con la otra parte, la racional, me digo que no pasa nada, que puedo confiar, tranquila. Pero el hombre es voluble. Como pluma al viento.

Mi yo más maduro sonríe y piensa que para qué preocuparse por nada. Ni tú, ni nadie, ni nada podéis garantizarme que seguirás a mi lado mañana, dentro de un mes, de un año, de toda una vida. Y el miedo a perderte es el síntoma inevitable de que sé que lo que tengo tal vez no es perfecto, pero es auténtico.

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Celos (II)

Cuando Irene encontró a El Guapo, Del amor y otros demonios

FLORETA ……¿Aura ya no es aire?
…………..POCRIS ………………………………………..Sí,
………………  ……   ………pero sepa tu ignorancia
……………….  …….   …….que si el aire diere celos,
………………..  ……..   …..celos aun del aire matan.

(Calderón de la Barca, Celos aun del aire matan)

Aún no eras mi Guapo, ni yo tu Irene. Ni siquiera me habías dicho que me querías, pero yo lo adivinaba, lo leía en tus besos y en la mirada tierna que ocultabas entre tus largas pestañas.

Pero estaba ella. Ni siquiera recuerdo su nombre. Como es aire, llamémosla Aura.

Recordaba vagamente una breve historia meses atrás, pero a Aura se la llevó el viento. Sin embargo, el viento siempre cambia de dirección, y ella quería regresar. Y a ti nunca te había molestado un poco de brisa.

Me dijiste que te diera unos días. Querías hablar con ella, dejarle claro lo que ya no podía esperar de ti.

Mientras estabas con ella, yo esperaba, paciente, teléfono en mano. Y pasó la tarde, y la noche, y la mañana. Yo paseaba por las calles para no enloquecer. Habíamos hablado a diario desde que me besaste por primera vez. Y aunque sabía que me habías pedido unos días, y que ella era aire… no podía evitar querer llamarte a pedirte unas explicaciones que aún no merecía.

Aún no eras mi Guapo, ni yo tu Irene. Ni siquiera me habías dicho que me querías. Y ella… ella era aire. Pero celos aun del aire matan.

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