El otro lado

Un post-it en la nevera

A veces siento ganas de visitar el blog de alguno de mis “íntimos” a ver si hay alguna dirección de correo electrónico para llegar al otro lado. Suele ser que hay un tema que me ronda la cabeza y siento que esa persona en concreto sería capaz de comprenderme de verdad. Unos días me pasa con unos, otros días me pasa con otros.

Normalmente lo que pasa luego es que reflexiono y me digo que no tiene sentido, que una cosa es que lean mi blog y otra distinta que les interese recibir un email de 5 páginas contando mis historias, y que además qué es lo que pretendo conseguir, ¿una respuesta? ¿Es que pienso que sois una especie de oráculo?

Nunca llego a siquiera redactar esos emails.

Y hoy… hoy es uno de esos días en que me planteo si en ese blog, en ese blog concreto que estoy pensando, habrá una dirección de correo electrónico, y si esa persona, esa persona en concreto que estoy pensando, querría recibir mi largo email.

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Dudas retóricas

Cuando Irene encontró a El Guapo

Hay días en que pienso que lo nuestro ha sido el destino, que superaremos todos los obstáculos, que siempre seremos felices.

Luego hay días en que pienso que soy simplemente una ilusa. Días que nado en un mar incontestable de dudas.

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Primer amor, último amor… y el Gurugú

Cuando Irene encontró a El Guapo, La eternidad de un instante

Aún a riesgo de parecer repetitiva,
espero que este post le aclare algunas cosas a Teatrera,
que tanto lo reclamaba.

La primera vez que me enamoré sucedió lejos, muy lejos de mi casa. En Inglaterra. Aún me sonrojo a veces pensando en aquellos días, en los bailes lentos en la discoteca, en aquella vez que fuimos al cine, en el restaurante francés, en los poemas tumbados en el jardín de nuestra manzana.

Recuerdo también cómo le conté cómo me gustaba, cuando estaba en Sevilla, visitar aquel rincón tan especial para mí: el monte Gurugú, en el parque de María Luisa. Ya en la distancia, le escribí mil cartas, y recibí otras tantas. Y en mi romanticismo inocente, si me pillaba en Sevilla me iba con sus cartas, papel y boli a lo alto del monte Gurugú. Una vez, incluso, vino a visitarme, y estuvimos juntos allí, en el monte Gurugú. Es por eso que en estas páginas siempre lo llamo mi asturiano del monte Gurugú.

Han pasado muchos, muchos años. Pero he de confesar que me dio un vuelco el corazón la primera vez que fui a ver al Guapo a su nueva ciudad. Su amigo, mientras caminábamos, me señaló al horizonte y me dijo: “¿Ves ahí? Es el monte Gurugú”.

Desde el GurugúYo no sabía que existiese un monte Gurugú real que se hubiese copiado en el Parque de María Luisa. Es más, no me lo había planteado. Pero me fascinó la romántica coincidencia. Y, por fin, en este último viaje, hicimos una excursión al Gurugú.

Lo pasé realmente bien, me encantaron las vistas de la ciudad desde lo alto del monte (la foto la tomé desde mi móvil), y los bellos parajes de la región (cabo Tres Forcas). Y aquella bellísima aldea de pescadores, donde me cautivó aquel guapísimo niño de ojos verdes, que jugaba a las canicas con su hermano mientras su madre y su hermana cargaban unas pesadísimas garrafas de agua.

Pero lo que más me gustó de todo el día fue la sensación de vivir una mágica sincronía al estar pisando el Gurugú real pensando en el Gugugú creado; besando a mi amor último recordando a mi amor primero…

Tengo la sensación de que se ha cerrado un círculo.

Soy feliz, para qué voy a negarlo.

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Mi mundo blog

Autorretratos

De nuevo gracias a Teatrera.

Tengo mi blog, hace ya tiempo, que es mi pequeño mundo, mi desahogo en ocasiones, mi rincón íntimo donde gracias al amparo de una máscara me atrevo a compartir mis pensamientos más íntimos, que no comparto con nadie.

A mi blog vienen a veces otros blogueros con sus comentarios. Algunos me hacen sonreír con su mera presencia, porque son gente a la que aprecio aunque no los conozca de verdad, porque ha pasado mucho tiempo y muchos posts, y realmente valoro sus opiniones. Viene también visitantes ocasionales, algunos desaparecen como llegaron y otros se van ganando poco a poco un hueco en mi corazón.

Luego están los blogs que yo visito. Siempre estoy a la caza y captura de nuevos blogs, normalmente a través de los enlaces de mis “más íntimos”.

Todos los blogs que sigo los he ido añadiendo a mi Google Reader, guardados en diferentes carpetas: los imprescindibles, los que me gustan mucho, los que me gustan, los que aún están “en fase de pruebas”. En realidad la mayoría de los blogs están en esta última carpeta, y son relativamente pocos los que van a parar a las otras tres, que son las que leo sin falta.

Y me pasa que a veces me quedo con ganas de leer. Busco entonces en “en fase de pruebas”, pero ninguno se gana el derecho a cambiar de carpeta. Más bien hay blogs que un día me fascinaron y luego me doy cuenta que lo que tanto me atrajo era solo un post y el día a día de ese blog es bastante distinto. No malo, simplemente a mí no me dice nada.

Por eso soy precavida y aunque ahora haya dos o tres blog que sigo con cierto entusiasmo, no los añado a mi lista de enlaces. Y me pregunto, al ver las largas listas de enlaces que tienen algunos en sus blogs, si les gustarán todos, si los leerán todos con las mismas ganas, si sus carpetas de “imprescindibles”, “me gustan mucho” y “me gustan” estarán más llenas que las mías.

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Lo que significa el tiempo

Cuando Irene encontró a El Guapo

Cuando nos despedimos, al día siguiente de habernos visto por primera vez, no le di importancia, sólo eras alguien a quien había conocido.

Cuando nos despedimos por segunda vez, tras ese reencuentro año y medio después, sentí la tentación. Me pediste que me fuera contigo a Oviedo, a conocer a La Regenta. Y yo tenía ganas de seguir charlando contigo, de seguir bebiendo cervezas a la luz de la luna hablando de literatura y haciendo chistes. Pero con un gesto digno de Humphrey Bogart, te invité a subirte sin mí en el autobús y ese fue el principio de una hermosa amistad.

Cuando por primera vez pasamos un fin de semana juntos, sin nada ni nadie más, solos tú y yo (¡cuánto tiempo después de aquel primer encuentro!), en la despedida no pudimos seguir fingiendo y sin saber cómo aquella fue la primera vez que hicimos el amor. Cuando volvimos a despedirnos, yo volví a mi casa preguntándome si alguna vez volvería a verte y si tal vez ese había sido el final de todo.

Pasé un par de meses viéndote a menudo, pero sin saber a ciencia cierta si nos veríamos de nuevo a la semana siguiente. Improvisábamos.

Luego vino el “estamos juntos, estamos bien”, que nos daba algo más de margen, pero poco más. Ambos esperábamos estar juntos ese mes, el siguiente no lo sabíamos.

Para mí el concepto cambió pronto, y supe que quería pensar mucho más allá. Tú… no decías nada. Pero siempre te negabas a hacer planes a largo plazo.

A veces me pregunto si veo cosas donde no las hay al emocionarme porque has comprado esas entradas para un concierto que no será hasta el 29 de septiembre de 2010.

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