Se conocieron a la salida de una conferencia. Él había quedado fascinado por el sonido de su risa. Se acercó a ella y logró entablar conversación durante casi dos horas. Al terminar, él ya sabía que se había enamorado. Ella tardaría algo más en darse cuenta de que estaban hechos el uno para el otro.
He leído en múltiples lugares su retrato como pareja: él, un neurótico insoportable que aplastó la personalidad de ella, completamente sometida a él. Personalmente opino que estas descripciones son fruto del morbo y la exageración. Él era maniático y huraño, sin duda, pero no carecía por ello de maravillosas virtudes: su sensibilidad, su natural generosidad, su increíble talento e inteligencia. Ella era una mujer culta, inteligente y, por cierto, feminista, que decidió por sí misma esa entrega total a su marido. ¿Sometida? No lo creo. Renunció a muchas cosas, por supuesto. Pero yo, que lo he vivido, conozco lo adictiva que es la sensación de complicidad ante la creación literaria, el candor del genio, el magnético atractivo del talento.
Juan Ramón está feliz después que trabajamos juntos. Esta mañana dijo: “Esto es lo único que vale la pena, este trabajo que hacemos juntos”, y parecía muy contento.
Ella pasaba con infinita paciencia todos los escritos de él a máquina, minuciosamente. Corregía a
menudo, opinaba siempre, era su primera crítica, su cómplice y su musa. Ella, además, se encargaba de todo lo que no era literario, de modo que Juan Ramón no tenía que preocuparse de nada salvo de escribir. A veces me pregunto cuánto hubiese cambiado su obra, e incluso si hubiera conseguido el Nobel, si ella no hubiese estado a su lado. Nobel, por cierto, que fue anunciado privadamente a Juan Ramón por un telegrama (como medida excepcional) para que Zenobia, en su lecho de muerte, pudiera recibir la noticia: la culminación de toda una vida de dedicación y afecto.
Vivir con Juan Ramón, sin duda, no fue fácil. Existen mil anécdotas sobradamente conocidas. Quisiera evocar, con particular cariño, las palabras de Zenobia describiendo una de aquellas circunstancias, de la primera época de su exilio en Cuba, pues me recuerda un poco a cierta situación que yo misma viví:
Nadie que no esté acostumbrado a tener mucho espacio y que luego se vea reducido a un cuarto podrá entender mi regocijo cada vez que me encuentro sola en él, aun cuando la persona con la que lo comparto sea J.R. No sé cómo lo toleraría si se tratara de otra persona, aunque no es fácil vivir con J.R. Para empezar, J.R. no soporta ningún ruido o movimiento cuando está trabajando; lo que es perfectamente comprensible, y tampoco le gusta oír la radio, salvo en contadas ocasiones.
Por supuesto, no sólo fueron cómplices inseparables, también tuvieron tremendas discusiones. No sólo era difícil el carácter de Juan Ramón. Zenobia, al parecer, tenía unos terribles arranques de genio:
Ayer por la noche, J.R. y yo tuvimos una pelea. Comenzó con una de sus ideas absurdas, que fue la gota que derramó el vaso, así que me dio una de mis “grandes cóleras”, llena de justa indignación, y me dije que me iba a Nueva York a visitar a mi familia indefinidamente. He descubierto que estos arrebatos acumulados lentamente son completamente inútiles en lo que a mis decisiones se refiere, porque le tengo demasiado cariño para llevar a cabo un solo plan, no importa lo decidida que esté. Al final, me doy cuenta antes de la partida de que no voy a disfrutar de nada pensando en J.R. y en el triste estado de ánimo en que lo ponen mis arrebatos de cólera.
Yo pienso que tal vez nadie es capaz de comprender totalmente la realidad de esa relación, pero que fueron compañeros de vida
y se hicieron felices. Entre los papeles guardados en la universidad de Puerto Rico, se encontraron sendas semblanzas que hicieron el uno del otro. La de Juan Ramón es bastante más escueta, pero en ambas se percibe el profundo amor que los unía:
Zenobia: eres graciosa, intensa, encantadora; fina de cuerpo y alma; amas lo humano y percibes lo divino; sientes la naturaleza, la música, la pintura, la poesía, la filosofía, la historia, todas las artes y todas las ciencias. Eres buena compañera de hogar, de viaje y de trabajo. Siempre estás dispuesta a trabajar o a gozar. No eres interesada. Eres cumplidora, digna y generosa. No pides nada a nadie. Das todo. Te acomodas a todas las circunstancias y las resuelves alegremente. Ríes siempre, a veces por no llorar.
Juan Ramón, cuando está cerca, es todo ojos. Lo demás es un contorno armonioso que los acompaña, excepto la sonrisa, que casi puede igualarse con los ojos.
…El mejor momento de Juan Ramón y el más largo de su vida es cuando está trabajando en su obra, completamente olvidado de sí mismo. Nunca es más feliz que cuando está escribiendo, corrigiendo, perfeccionando… Después de un gran día de trabajo, cuando se permite algún recreo, dice con satisfacción que ha podido gozar plenamente en el ocio porque ha cumplido bien con su trabajo antes.
…Su carácter es del todo diferente en sus temporadas fecundas de lo que es en las áridas. No tiene términos medios, o está muy bien o está muy mal.
…La única dolencia real física que le conozco la lleva con una extrema paciencia aún cuando en las etapas exacerbadas le produzca desaliento.
…Sus defectos principales son el no aceptar casi nunca la responsabilidad de su culpa, por muy insignificante que sea, y la suspicacia para dolerse de cosas insignificantes. Además es muy egoísta, pero a medida que pasan los años, en este defecto que tanto lo dominó en su juventud, ha hecho un gran progreso: se esfuerza por recapacitar cuando se le advierte y procura y logra grandes mejoras. En esto verdaderamente ha ahondado mucho, sobre todo en las temporadas en que su vida es serena y tiene tiempo de pensar. En temporadas nerviosas no hace el menor esfuerzo por dominarse y llega a una crueldad increíble en el egoísmo cuando se trata de la manía especial en boga en el momento.
…Al lado de esto es también de una generosidad emocionante en que todo lo quiere dar y en que le da una gran alegría el proporcionarle una satisfacción o gusto a cualquiera, aun cuando se trate de un desconocido…
Cuando ella murió, él no volvió a escribir un solo verso. Pasaba los días leyendo las cartas que ambos se escribieron en su noviazgo y en su largo matrimonio. Apenas la sobrevivió año y medio. A su muerte, encontraron entre sus pertenencias una libreta (anécdota ni tan recordada ni tan celebrada como la de Machado):
A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo y no pudo hacerla feliz.